En la Edad Media y el Renacimiento, los símbolos eran algo más que adornos heráldicos: eran lenguajes visuales que transmitían poder, fe, identidad y aspiraciones. Isabel I de Castilla lo comprendió mejor que nadie. Por eso, mucho antes de convertirse en la reina que marcaría el destino de España, eligió como emblema personal al águila de San Juan, la figura que acompaña al evangelista en la iconografía cristiana.
El águila, descrita en la heráldica como “pasmada, de sable, nimbada de oro y con pico y garras de gules”, representa la visión elevada y la claridad espiritual de San Juan Evangelista. Su vuelo simboliza la contemplación divina, la altura de miras y la capacidad de ver más allá de lo inmediato. Isabel, profundamente devota de este santo, halló en el águila no solo un recordatorio de su fe, sino también una forma de dotar a su linaje de un aura de protección y trascendencia. No es casual que añadiera la leyenda latina “Sub umbra alarum tuarum protege nos” —“Protégenos bajo la sombra de tus alas”—, que resume la idea de que el poder terrenal debe ampararse bajo la tutela divina.
Cuando Isabel contrajo matrimonio con Fernando de Aragón y ambos unieron sus blasones, el águila de San Juan se convirtió en soporte del escudo de los Reyes Católicos. Así, el símbolo pasó de ser una divisa personal a convertirse en parte de la identidad compartida de una monarquía que buscaba representar unidad y fortaleza. La elección no era ingenua: en una Europa convulsa, los Reyes Católicos querían proyectar una imagen de legitimidad sagrada, continuidad dinástica y misión trascendente.
La compleja vida de los símbolos
El recorrido posterior del águila de San Juan ilustra la compleja vida de los símbolos. Reapareció en distintos momentos de la historia española, a veces deformado por coyunturas políticas y reinterpretaciones interesadas. De ahí la importancia de comprender su origen verdadero: el águila no nació como un signo ideológico, sino como emblema de fe personal y de visión política elevada.
Hoy vivimos en un tiempo en el que la desinformación puede vaciar los símbolos de su sentido original o manipularlos para fines ajenos a la historia. Por eso, estudiar el águila de San Juan y su relación con Isabel la Católica no es un ejercicio erudito, sino una forma de comprender cómo los pueblos han expresado su identidad a través de imágenes que hablan sin palabras. Conocer estos significados nos vacuna contra la manipulación y nos ayuda a mirar con mayor rigor tanto nuestro pasado como nuestro presente.
De ahí la necesidad de enseñar desde la infancia el valor de los símbolos, su historia y su mensaje. Solo así los más pequeños aprenderán a descifrar lo que hay detrás de cada figura, de cada escudo y de cada bandera. Para ello existen herramientas pedagógicas magníficas como los cuadernos Colorea tus Símbolos o Colorea tu Historia, de Gestas de España, que acercan a los niños a este patrimonio visual de una manera creativa y didáctica. Porque un país que comprende sus símbolos es también un país que comprende mejor su propia historia.





