Entre los siglos XVI y XVIII, nadie podía embarcar rumbo a América sin obtener previamente la licencia de pasajero, un documento oficial expedido por el Consejo de Indias. Era mucho más que un simple permiso: funcionaba como un filtro migratorio destinado a regular quién tenía autorización para cruzar el Atlántico.
Cómo se solicitaba la licencia
Para obtener la licencia de pasajero, los interesados debían presentarse ante la Casa de la Contratación, aportar sus datos personales, profesión, lugar de origen, estado civil, destino concreto y motivo del viaje. Cada solicitud era examinada minuciosamente por las autoridades antes de autorizar el embarque.
Las Leyes de Indias establecían condiciones estrictas. Quedaban excluidas las personas con antecedentes delictivos, mala conducta, fama dudosa, vida ociosa o sin oficio conocido. También se exigía autorización a las mujeres solteras, a fin de evitar viajes sin supervisión familiar o religiosa. Las denegaciones eran frecuentes: una sola acusación de pendencia, juego, blasfemia o convivencia irregular bastaba para rechazar la solicitud.
El ejemplo de Miguel de Cervantes
El pasajero que superaba la revisión recibía la licencia y quedaba registrado en los libros de pasajeros a Indias, fuente documental que permite rastrear hoy miles de nombres. Sin esta licencia, ninguna persona podía subir legalmente a un barco con destino a América. Incluso figuras como Miguel de Cervantes, héroe de Lepanto, solicitaron el documento y no lo obtuvieron.
El caso de Miguel de Cervantes ilustra mejor que ningún otro la severidad del sistema. El autor del Quijote quiso viajar a América y lo solicitó en varias ocasiones, con la esperanza de encontrar allí oportunidades laborales y estabilidad económica, pero nunca obtuvo autorización. El Consejo de Indias denegó sus peticiones porque tenía investigaciones pendientes por irregularidades administrativas durante su etapa como recaudador, aunque no hubiera sido condenado por delitos graves. La negativa resulta reveladora: si España hubiera enviado delincuentes a América, Cervantes habría encajado sin dificultad, sin embargo ni siquiera un héroe de Lepanto que había derramado su sangre por la Corona fue autorizado a embarcar.





