En los últimos años de la Guerra de Granada, el cerco cristiano se cerraba con paciencia inexorable y la ciudad resistía en el agotamiento. Entonces surgió una figura destinada a encarnar el heroísmo individual en su forma más pura. Hernán Pérez del Pulgar no fue un general al mando de grandes ejércitos, sino un caballero de frontera, curtido en golpes de mano, audaz hasta el límite y convencido de que la guerra también se gana en el espíritu del enemigo. En una sola noche, con una acción tan temeraria como simbólica, elevó su nombre a la categoría de leyenda.
Pulgar comprendía que Granada no era solo una ciudad fortificada, sino el corazón político y moral del último reino nazarí de la península. Mientras los ejércitos de los Reyes Católicos mantenían el cerco desde Santa Fe, él concibió una empresa que rozaba lo imposible: penetrar de noche en la capital enemiga, golpear su orgullo y regresar con vida. No buscaba botín ni gloria personal inmediata, sino demostrar que la ciudad, aunque aún no conquistada, era vulnerable.
A finales de 1490, acompañado apenas por quince hombres escogidos, Hernán Pérez del Pulgar se internó sigilosamente en Granada, guiado por el conocimiento de accesos ocultos y amparado por la oscuridad. Avanzaron por calles silenciosas, conscientes de que cada paso podía ser el último. No eran saqueadores, sino caballeros que sabían estar protagonizando una gesta destinada a ser recordada. En aquel silencio tenso se medía el valor verdadero: el que se ejerce sin testigos y sin garantía de regreso.
El objetivo elegido no podía ser más elocuente. Pulgar se dirigió a la mezquita mayor, símbolo espiritual y urbano de la ciudad. Allí, en su puerta, clavó un cartel con dos palabras sencillas y rotundas: “Ave María”. El gesto fue breve, pero de una potencia enorme. No era solo una provocación; era una declaración de fe y de intención, la afirmación de que Granada, aun no rendida, ya estaba sitiada en lo moral. En aquel acto se condensaba el sentido profundo de la empresa cristiana y la convicción íntima del caballero.
Pero el héroe sabía que el símbolo debía ir acompañado del impacto. Para multiplicar el efecto, sus hombres prendieron fuego a la Alcaicería, el corazón comercial de la ciudad. Las llamas rasgaron la noche y despertaron a Granada con violencia. El caos se extendió de inmediato: gritos, carreras, armas empuñadas a toda prisa. Nadie sabía cuántos enemigos habían entrado ni desde dónde. Esa incertidumbre, ese miedo súbito, era parte esencial de la victoria.
La reacción no se hizo esperar. Guardias y vecinos armados convergieron sobre los intrusos. Se produjo entonces la escaramuza: breve, feroz, desigual. Pulgar combatió como quien sabe que la retirada puede ser tan heroica como el avance. Superado en número, se abrió paso a fuerza de determinación y coraje, luchando no solo por salvar la vida, sino por cumplir la misión: demostrar que la voluntad podía imponerse a la superioridad numérica. Finalmente, él y los suyos lograron escapar de la ciudad y regresar al campamento cristiano.
La noticia corrió como un reguero de pólvora. Granada había sido penetrada, desafiada y herida en su orgullo. Para los sitiadores, la hazaña fue una inyección de moral; para los sitiados, una advertencia inquietante de que ni siquiera su capital era inexpugnable. La guerra no se decidió aquella noche, la rendición llegaría en 1492, pero la memoria colectiva quedó marcada para siempre.
La escaramuza de Hernán Pérez del Pulgar no cambió el curso estratégico del conflicto, pero sí su relato. Los cronistas la recogieron como ejemplo supremo de valor individual y espíritu caballeresco. Pulgar quedó fijado en la historia como un héroe de carne y hueso, símbolo de una época en la que un solo hombre, armado de fe y decisión, podía hacer temblar a una ciudad entera. Aquella noche, Granada no cayó, pero tembló, y en ese temblor quedó inscrito para siempre su nombre.
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