El 30 de marzo de 1867, los Estados Unidos y el Imperio ruso firmaron el acuerdo por el que Alaska pasaba a soberanía estadounidense a cambio de 7,2 millones de dólares. Para Rusia, aquel inmenso territorio era una posesión difícil de sostener. Escasamente poblado, mal comunicado y costoso de administrar, Alaska se había convertido en una carga más que en un activo. Tras la Guerra de Crimea, el imperio se encontraba debilitado financiera y militarmente, sin capacidad real para defender una región tan remota.
A ello se sumaba un temor estratégico clave: que Gran Bretaña, asentada firmemente en Canadá, pudiera apoderarse de Alaska en un futuro conflicto sin que Rusia obtuviera compensación alguna. Vender el territorio a Estados Unidos permitía evitar esa pérdida gratuita y obtener recursos económicos inmediatos.
La apuesta estratégica de Estados Unidos
En Washington, la operación fue impulsada por el secretario de Estado William H. Seward, convencido de que la expansión hacia el Pacífico era esencial para el futuro del país. Seward veía en Alaska una puerta hacia Asia, un enclave estratégico y una reserva potencial de recursos naturales, aunque en aquel momento esas ventajas no resultaban evidentes para la mayoría.
La compra fue recibida con burlas y críticas. En la prensa se habló de “la locura de Seward” y de un despilfarro en una tierra inhóspita, cubierta de hielo y sin aparente valor. Estados Unidos acababa de salir de la Guerra de Secesión y muchos ciudadanos cuestionaban la utilidad de adquirir un territorio tan lejano.
El tratado y la transferencia del territorio
El acuerdo se firmó en Washington y la transferencia oficial tuvo lugar el 18 de octubre de 1867 en Sitka, antigua capital de la América rusa. Ese día, la bandera rusa fue arriada y sustituida por la estadounidense, poniendo fin a la presencia de Rusia en América del Norte. Durante décadas, Alaska fue administrada como territorio, con una presencia federal limitada y un desarrollo lento.
No sería hasta 1959 cuando Alaska se convertiría en el estado número 49 de la Unión, culminando un largo proceso de integración política.
De territorio despreciado a pieza clave
Con el paso del tiempo, la valoración de la compra cambió radicalmente. A finales del siglo XIX, el descubrimiento de oro atrajo a miles de colonos. En el siglo XX, Alaska demostró su enorme valor gracias a sus reservas de petróleo, gas y otros recursos minerales, además de su importancia estratégica durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.
Lo que en 1867 parecía un error histórico se convirtió en uno de los mayores aciertos de la política exterior estadounidense.





