Cuando se habla del origen de Montevideo, con demasiada frecuencia se olvida una verdad elemental: la ciudad no nació sola, ni brotó de la nada, ni fue fruto de una inercia local desconectada de la gran política de su tiempo. Montevideo nació porque España la quiso, la pensó y la impulsó como pieza esencial de su estrategia en el Atlántico sur. Esa afirmación, lejos de ser una consigna, está avalada por la propia historiografía uruguaya, que sitúa en 1724 el inicio del proceso fundacional de la ciudad, precisamente en el contexto de la pugna entre las coronas ibéricas en el espacio rioplatense.
Conviene recordar el marco. El Río de la Plata era una zona de enorme valor geográfico, comercial y militar. Quien dominara sus accesos tendría en sus manos una llave de primer orden para controlar rutas, mercancías, comunicación marítima y proyección territorial. España, plenamente consciente de ello, decidió consolidar una presencia estable en la bahía de Montevideo. No se trataba solo de levantar unas defensas o de plantar una guarnición. Se trataba de crear un núcleo duradero de autoridad, poblamiento y orden.
Ahí entra la figura de Bruno Mauricio de Zabala, gobernador de Buenos Aires, cuyo nombre está ligado al arranque del proceso fundacional. Bajo su impulso se asentó un contingente militar en aquella geografía disputada, y a partir de ahí comenzó la transformación del lugar en algo mucho más ambicioso que un simple puesto avanzado. Montevideo fue concebida desde el principio como plaza fuerte, puerto y ciudad. Es decir, como instrumento político de civilización hispánica en una región que exigía firmeza, visión y continuidad.
Este punto es capital porque desmonta una lectura muy empobrecida de la historia. A veces se presenta la presencia española en el actual Uruguay como algo transitorio o meramente extractivo. Sin embargo, la fundación de Montevideo demuestra exactamente lo contrario. España no se limitó a pasar por allí: organizó el espacio, defendió el territorio, trazó instituciones y creó ciudad. Y crear ciudad, conviene subrayarlo, es una de las formas más altas de acción histórica. Una ciudad no es solo un conjunto de casas; es un proyecto de convivencia, jerarquía, administración, trabajo y futuro.
Montevideo fue, en ese sentido, una obra de Estado. Su origen enlaza con la larga tradición hispánica de fundación urbana en los territorios de ultramar: ciudades concebidas para articular poder, fe, justicia, comercio y comunidad. Por eso su nacimiento no puede explicarse adecuadamente si se separa de la política global de la Monarquía Hispánica. La ciudad era una respuesta concreta a un desafío geopolítico concreto. España no improvisó Montevideo: la necesitaba.
Hay además una consecuencia de largo alcance. Al fundar Montevideo, España no solo estaba asegurando una posición militar. Estaba sembrando una continuidad histórica que marcaría el desarrollo del futuro Uruguay. La capital uruguaya, su centralidad portuaria, su perfil urbano y su peso político posterior no pueden desligarse de aquella decisión inicial. Dicho de otra forma: para entender el Uruguay posterior hay que empezar por entender la voluntad española que dio forma a Montevideo.
En tiempos de lecturas simplistas, conviene volver a lo esencial. Montevideo nació como una decisión estratégica de España en el Atlántico sur. Y esa verdad, lejos de empequeñecer la historia uruguaya, la inserta en una dimensión más amplia, más profunda y más noble: la de la gran construcción hispánica del mundo atlántico.
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