El anime y el manga han dejado de ser subculturas aisladas para consolidarse como fenómenos transversales en la cultura española contemporánea. Lo que en los años 80 y 90 funcionaba sobre todo por emisiones televisivas selectas se ha convertido en una corriente constante gracias al streaming, el merchandising y la participación global de comunidades digitales.
Expertos señalan un crecimiento sostenido de producciones nacionales en animación, no solo adaptaciones de obras foráneas, sino proyectos que apuestan por estilos originales. En España, el sector de la animación representa ya cerca del 20 % del volumen del audiovisual, lo que indica que existe tanto inversión pública como interés comercial y exportable.
El viejo anime retro —Mazinger Z, Saint Seiya, los clásicos de JRPG en sus versiones animadas— ha resurgido como objeto de nostalgia, de redescubrimiento entre adultos que crecieron con esas historias. Esa nostalgia no solo revive antiguas audiencias, sino que alimenta nuevas creaciones híbridas que mezclan estética “vintage” con técnicas modernas, nuevos guiones más matizados, o incluso crossovers de género.
Además, la cultura japonesa ya no se ve solamente como algo exótico: se integra en festivales, convenciones, clases de doblaje, edición de manga y producción audiovisual local. El llamado “fenómeno otaku” ha alcanzado masa crítica tal que influye en moda urbana, música, artes visuales y comercio cultural.
Este fenómeno plantea preguntas interesantes: ¿cómo preservar identidad cultural dentro de una globalización estética? ¿Dónde termina la adaptación comercial y dónde empieza la apropiación cultural? Lo cierto es que el anime y manga ya han trascendido: hoy configuran parte del tejido cultural español, tan influyentes como cualquier otro género artístico con décadas de historia.





