Fantasía oscura, alquimia y un slow-burn que arde sin prisa

Alchemised
Foto de Penguin Random House

Desde las primeras páginas de Alchemised me encontré en un mundo que no pide permiso para herir: la guerra, la al­quimia, la necromancia, el dolor… todo está tejido con hilos muy finos pero tremendamente oscuros, y la voz de Helena —faro y herida al mismo tiempo— se eleva entre la devastación como una llama frágil que se niega a apagarse. Esta novela me atrapó con una intensidad arrolladora. Disfruto los romances que se cuecen a fuego lento, que respiran antes de arder, que se construyen con miradas antes que con palabras, y aquí ese slow-burn está tan bien sostenido que parece una respiración compartida entre personajes que aún no saben que se están buscando.

Al principio, Kaine queda en la penumbra: interrogador, torturador, rival académico… ¿salvador? Una figura ambigua que se mueve entre la luz y la sombra, cargada de tensión contenida. Desde el inicio se intuye que hay algo entre ellos, un hilo muy fino que la autora estira con paciencia. Pero es en la segunda parte cuando la historia se abre por completo. Entre la guerra, el romance toma protagonismo, haciendo que todo gire alrededor de ese “nosotros” que se forma entre dos personajes rotos, pero extraordinariamente vivos. El tránsito entre la desconfianza, la alianza, el descubrimiento y el sentimiento es tan natural que casi parece una mentira. Es un slow-burn que devasta, que se padece, que se siente hasta lo más hondo, pero que se disfruta.

El sistema mágico es una auténtica maravilla. La al­quimia, la resonancia, los recuerdos arrancados… todo funciona con una lógica clara, cuidada, profunda. La magia no es un truco ni un adorno: pesa, transforma, hiere. Como lectora de fantasía, agradezco muchísimo cuando la magia está viva, cuando exige sacrificio, cuando cada uso tiene consecuencias emocionales y físicas. Aquí la magia es un personaje más, un eje que sostiene el mundo entero, preciso sin resultar rígido y complejo sin volverse confuso.

Los personajes secundarios, sin embargo, son mi único “pero”. Buena parte de la novela se sostiene en la relación entre Helena y Kaine, lo que hace que el resto del elenco quede algo difuminado en el fondo, sin espacio para desplegarse del todo. No estorban, pero tampoco brillan como podrían. Aun así, hacia el final algunos de ellos emergen con fuerza y logran despertar un cariño inesperado, como si hubieran estado esperando el momento adecuado para respirar. Esa aparición tardía funciona, aunque deja la sensación de que podrían haber aportado más profundidad desde el principio.

En cuanto a la crudeza, Alchemised no se guarda nada. Las advertencias al final del libro están ahí por una razón. Hay escenas duras, incómodas, que remueven y desgarran. La fantasía oscura aquí no pretende suavizar sus aristas: la guerra deja cicatrices, la violencia tiene consecuencias, el trauma no desaparece por arte de magia. Pero esa dureza no es gratuita; acompaña el viaje emocional, ilumina la transformación de los personajes y se integra con coherencia en el tono general de la obra.

En definitiva, he disfrutado Alchemised de principio a fin. Me ha enganchado, me ha emocionado, me ha regalado un romance que crece lento, crudo y visceral, de esos que permanecen. Su fantasía oscura, su sistema de magia tan bien construido y la evolución de sus protagonistas convierten este libro en una lectura poderosa. Si te gusta el slow-burn, los mundos llenos de sombras, la magia que transforma y las historias donde los personajes cambian porque la vida —y el amor— los obliga a hacerlo, entonces lo recomiendo sin reservas. Es de esos libros que permanecen, dejan una herida luminosa, un “después” que sigue supurando incluso cuando ya has dejado atrás la última página.

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