La historia inglesa ofrece pocos episodios tan reveladores del odio político como la ejecución póstuma de Oliver Cromwell. No se trata de una leyenda ni de una exageración posterior: ocurrió realmente y fue cuidadosamente planificada. En España decimos aquello de «a moro muerto, gran lanzada», y difícilmente puede encontrarse un ejemplo más literal de ese dicho que lo sucedido con el cadáver del Lord Protector.
Tras la decapitación de Carlos I el 30 de enero de 1649, Inglaterra abolió la monarquía y se proclamó una república dominada por el Parlamento y los puritanos. Aquella república derivó pronto en una dictadura militar encabezada por Cromwell, que gobernó el país con mano de hierro bajo el título de Lord Protector. Aunque rechazó la corona, acabó concentrando más poder que muchos reyes y logró incluso que su cargo fuera hereditario.
Un régimen sin corona, pero con terror
Durante el Protectorado, Cromwell aplastó cualquier intento de restauración monárquica, venció a Holanda en la Primera Guerra Anglo-Neerlandesa y llevó a cabo una política brutal en Irlanda. La colonización inglesa se completó mediante masacres, confiscaciones de tierras y deportaciones masivas. La represión cultural fue extrema: se persiguió la música tradicional, se castigó el uso del gaélico y se impuso una tolerancia religiosa selectiva que excluía de forma sistemática a los católicos.
El 31 de enero de 1658, apenas unos meses antes de su muerte, el poder de Cromwell seguía firmemente asentado. Aunque nunca fue rey, su régimen ya había adoptado rasgos claramente dinásticos. Falleció el 3 de septiembre de ese mismo año y fue enterrado en la abadía de Westminster con honores reservados hasta entonces a los monarcas.
La restauración y la venganza simbólica
El experimento republicano duró poco. En 1659, su hijo Richard fue apartado del poder y, en mayo de 1660, la monarquía fue restaurada con la coronación de Carlos II, hijo del rey decapitado. El nuevo Parlamento quiso ajustar cuentas con el pasado de la forma más gráfica posible.
El 30 de enero de 1661, exactamente doce años después de la ejecución de Carlos I, el cadáver de Cromwell fue exhumado, colgado públicamente durante horas y decapitado. Su cabeza fue expuesta en una pica en el Westminster Hall como advertencia y escarnio. Décadas más tarde, una tormenta la derribó y comenzó entonces un peregrinaje macabro por ferias, colecciones privadas y gabinetes de curiosidades.
La historia de la cabeza de Cromwell recuerda que, en la Europa moderna, la política no se conformaba con vencer al enemigo en vida. A veces, la victoria exigía humillarlo incluso después de muerto.





