Queremos cerveza: la gran rebelión contra la Ley Seca

Queremos cerveza ley Seca
Queremos cerveza ley Seca

En la imagen se ve a una multitud marchando por una avenida estadounidense con carteles en los que se lee “Queremos cerveza”. Aquella fotografía resume el clima social que se vivía en Estados Unidos a comienzos de los años treinta, cuando la Prohibición se había convertido en un experimento político fallido.

El origen de la Prohibición

El 16 de enero de 1920 entró oficialmente en vigor la llamada Ley Seca. La Decimoctava Enmienda de la Constitución y la Ley Volstead prohibieron en todo el país la producción, venta y transporte de bebidas alcohólicas. La iniciativa fue impulsada por poderosos movimientos moralistas y religiosos que culpaban al alcohol de la pobreza, la violencia doméstica y la delincuencia. Sus promotores estaban convencidos de que eliminarlo traería una sociedad más ordenada, sana y productiva.

Durante los primeros meses pareció que la medida podía funcionar. El consumo legal descendió y muchas tabernas cerraron. Sin embargo, la realidad pronto demostró que la demanda de alcohol seguía intacta. Lo que había desaparecido era solo el mercado legal.

La prohibición generó casi de inmediato un enorme mercado negro. Miles de bares clandestinos, conocidos como speakeasies, comenzaron a operar en todas las ciudades. Surgieron destilerías ilegales y complejas redes de contrabando que introducían alcohol desde Canadá, México o el Caribe. Lo que antes era una actividad regulada pasó a convertirse en un negocio millonario fuera de la ley.

Este contexto favoreció el crecimiento del crimen organizado. Bandas mafiosas tomaron el control del tráfico de bebidas, corrompieron a policías y políticos y se enfrentaron entre sí por el dominio del mercado. Chicago se convirtió en el símbolo de aquella época, y figuras como Al Capone alcanzaron fama mundial gracias a las fortunas amasadas con el alcohol ilegal.

Un fracaso social y político

Lejos de mejorar la convivencia, la Prohibición debilitó la autoridad del Estado. Hacer cumplir la norma resultó carísimo e ineficaz, y millones de ciudadanos comenzaron a ignorarla abiertamente. Además, el consumo de bebidas adulteradas provocó graves problemas de salud pública, con intoxicaciones y muertes frecuentes.

Con la llegada de la Gran Depresión en 1929, el rechazo a la Ley Seca creció todavía más. El país necesitaba recaudar impuestos y crear empleo, y la legalización del alcohol se veía como una forma rápida de estimular la economía.

Finalmente, en 1933, la Vigésima Primera Enmienda derogó la Prohibición. Trece años después, Estados Unidos reconocía que aquella política, concebida para mejorar la sociedad, había logrado justo lo contrario.

La experiencia dejó una enseñanza que sigue vigente: prohibir por decreto un hábito social profundamente arraigado rara vez lo elimina. A veces, simplemente lo empuja hacia la ilegalidad. Como decía la gente en aquellas manifestaciones, no se pueden poner puertas al campo.

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