Recuperar nuestras raíces frente a la moda importada

Foto de Sacre Bleu en Unsplash

Cada año, cuando octubre se tiñe de calabazas y disfraces, España asiste a una escena cada vez más común: colegios decorados como casas encantadas, centros comerciales inundados de esqueletos de plástico y niños convocando trick-or-treat. Todo ello bajo la etiqueta de Halloween, una fiesta que, aunque para muchos puede resultar divertida, plantea cuando menos una reflexión: ¿es verdaderamente nuestra? ¿O se trata de una importación que diluye lo propio?

Para responder a esto conviene remontarse a los orígenes de Halloween. Esta celebración, que tiene lugar la noche del 31 de octubre, hunde sus raíces en el antiguo festival celta del Samhain, celebrado hace unos dos mil años por los pueblos celtas en Irlanda, Escocia e Inglaterra. Samhain marcaba el fin de la cosecha y el inicio del invierno, un momento simbólicamente intenso porque se pensaba que el velo entre los vivos y los muertos se tornaba más tenue. Encendían hogueras, vestían disfraces, realizaban rituales de adivinación y dejaban ofrendas para aplacar espíritus inquietos. Con el tiempo, la Iglesia cristiana trató de integrar y reelaborar esas prácticas. En el siglo VIII, el papa Gregorio III fijó el 1 de noviembre como la festividad de Todos los Santos, y la víspera se denominó All Hallows’ Eve, es decir, la noche de todos los santos. Así, lo que hoy conocemos como Halloween es una mezcla de antiguas costumbres paganas, cristianización y, en tiempos recientes, una intensa comercialización.

El Día de Todos los Santos

Y aquí radica la primera de las razones para cuestionar su celebración desenfrenada: Halloween es, en buena medida, un producto ajeno a nuestro acervo cultural. Mientras las grandes marcas aprovechan para vender máscaras, luces y chucherías, nuestras tradiciones se ven arrinconadas. Frente a ello, España posee una de las conmemoraciones más hondas y hermosas del calendario: el Día de Todos los Santos, jornada en la que recordamos a quienes nos precedieron, visitamos los cementerios y llenamos de flores los nichos donde descansan nuestros mayores. No hay en ello tristeza, sino gratitud y continuidad.

El Día de Todos los Santos representa una continuidad cultural y espiritual que invita al recogimiento, a la transmisión de valores y a la afirmación de la comunidad. Al celebrarlo, no banalizamos la muerte, sino que la miramos con respeto y esperanza. Defendemos un legado que nos recuerda de dónde venimos y quiénes somos. Cada generación tiene el deber de mantener vivas las tradiciones que la sostienen. No hay futuro sin raíces, ni identidad sin memoria.

Por eso, frente al ruido de las máscaras y los focos de neón, conviene encender una vela, colocar un ramo de flores y enseñar a los niños que recordar a los nuestros con amor es más valiente que disfrazarse de monstruo. Y quizá, en ese gesto sencillo de mirar hacia lo que fuimos, descubramos también lo que aún podemos ser. Porque comprender nuestra historia y sentir orgullo de ella no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de afirmación.

Esa misma mirada profunda hacia lo que somos recorre las páginas de En busca de España, un libro que invita a redescubrir la grandeza y la emoción de nuestra historia. A través de sus capítulos, el lector se adentra en un viaje que une pasado y presente, razón y sentimiento, mostrando que amar a España es, en esencia, una forma de esperanza.

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