Verano del 16. Una isla privada, una familia rica que presume de perfecta, cuatro adolescentes que se hacen llamar a sí mismos los mentirosos. Y un agujero negro en medio: algo pasó, algo muy grave, y nadie quiere hablar de ello. Nadie. Solo sabemos una cosa: Cadence apareció en la orilla, inconsciente, rota, sin recuerdos…
Basada en la novela homónima de E. Lockhart, la serie arranca de verdad un año después de aquel verano. Cadence vive rodeada de migrañas, pastillas y largos silencios. Hay un hospital de por medio, médicos, diagnósticos, palabras que no arreglan nada, y una ausencia que duele más que cualquier informe: los mentirosos no han llamado en todo ese tiempo. Ni un mensaje. Ni una visita. Nada. Esa pandilla que lo era todo ahora solo es un recuerdo lejano. Y tú, viéndolo, empiezas a preguntarte lo mismo que ella: ¿qué puede haber pasado para que todos decidan desaparecer de tu vida justo cuando más los necesitas?
El gran juego de Éramos mentirosos está en cómo mezcla tiempos y emociones. Cada capítulo es un vaivén entre el presente —Cadence volviendo a la isla, caminando por escenarios que le resultan familiares y extraños a la vez— y los flashes del verano del 16 que se cuelan a traición en su cabeza. Una cena en familia. Noches de risas. Gestos raros. Discusiones que nadie quiere desenterrar. Cada vez que un recuerdo intenta abrirse paso, su mente estalla en dolor, ataques… y un gran pánico. Es como ver a alguien caminar por un campo de minas que no puede ver, mientras los demás fingen que no pasa nada.
Sientes el picor bajo la piel. Pero no hay nada que lo alivie. No se trata solo del misterio de “qué pasó”, es el pacto de silencio que lo rodea todo. La familia esquiva las preguntas, cambia de tema, envuelve la verdad en frases bonitas y normas no escritas. Los adultos protegen más el apellido que a la propia Cadence. Los mentirosos reaparecen, pero también juegan a medias verdades, a sonrisas que esconden algo, a “ya lo entenderás” que no terminan nunca. La serie te hace compartir esa sensación de soledad que a Cadence la rompe por dentro. Está rodeada de gente y, aun así, no recibe una sola respuesta clara.
Lo brutal en Éramos mentirosos no es solo el final —el cual te garantizo que no te verás venir—, sino el camino hasta llegar ahí. Esa forma de engancharte con escenas que no encajan del todo repletas de pequeños detalles que sabes que significan algo pero todavía no sabes qué. Te mantiene en el mismo lugar que Cadence: confundida, rota, incapaz de soltar el mando porque necesitas, casi físicamente, saber qué ocurrió en ese verano 16 para que todo se desmoronara así. Qué hizo que sus amigos la abandonaran. Qué secreto es tan grande como para que todos le nieguen categóricamente la verdad.
No es una serie amable. No es ligera. No es para ponerla “de fondo”. Es de esas que te sientas a ver y, sin darte cuenta, te ha hecho un nudo en la garganta mientras tú intentas armar el puzzle con las pocas piezas que te dejan ver. Pero precisamente por eso, porque duele sin ser explícita, porque habla de culpa, de privilegio, de familias que se derrumban por dentro mientras siguen sonriendo, Éramos mentirosos se queda contigo.
Si te apetece una historia que te mantenga en vilo, que te obligue a mirar de frente lo que nadie quiere decir en voz alta y que, además, tenga ese aire de verano perfecto arruinado por algo que nadie se atreve a nombrar, dale una oportunidad. Vas a querer saber qué pasó aquel verano del 16. Y cuando por fin lo sepas, entenderás por qué dolía desde el primer capítulo.





