Amar un país no es un eslogan: es una responsabilidad doméstica

Padre e hijo sobre una montaña. El niño señala al infinito.
Foto de Ante Hamersmit en Unsplash

La escena es más común de lo que parece: un niño señala una estatua, un escudo en una fachada o una bandera en un balcón y pregunta, con esa mezcla de curiosidad y prisa que tienen los pequeños: “¿Y eso qué significa?”. En ese instante, sin focos ni discursos, se abre una puerta decisiva. Porque la idea de país, para un niño, no empieza en los telediarios ni en los libros de texto: empieza en una conversación sencilla, en una historia bien contada, en el brillo de unos ojos adultos que responden sin ironía.

Inculcar a los más pequeños el amor por su país y por su historia no es fabricar patriotismos de cartón piedra. Es darles un mapa interior. Un sentido de pertenencia que no excluye, sino que orienta. Porque un niño que conoce de dónde viene entiende mejor quién es; y quien se entiende a sí mismo está más preparado para respetar al otro. La historia, cuando se enseña con honestidad, no es un álbum de “grandes gestas” ni una sala de trofeos. Es un espejo con luces y sombras; un laboratorio moral donde se aprende que los seres humanos se equivocan, aciertan, crean, destruyen, se reconcilian y vuelven a empezar.

Las familias tienen un papel insustituible en esa transmisión. La escuela aporta método, contexto y pensamiento crítico; el hogar aporta emoción, vínculo, continuidad. Y la emoción importa, porque nadie cuida lo que no ama. Amar un país, en su sentido más sano, se parece mucho a querer a la propia familia: no es creer que todo fue perfecto, sino decidir que vale la pena conocerla, comprenderla y mejorarla. Un niño educado en ese amor sereno crece menos vulnerable al cinismo fácil, a la burla automática, a la idea de que “todo da igual”. Al contrario: se siente parte de una historia común y, por tanto, responsable de lo que viene.

Hay, además, un argumento práctico que rara vez se subraya: la historia entrena competencias para la vida. Obliga a hilar causas y consecuencias, a distinguir un hecho de una opinión, a detectar simplificaciones interesadas. En una era de titulares veloces y desinformación, que un niño aprenda a preguntar “¿quién lo dice, por qué, con qué pruebas?” es casi un salvavidas intelectual. Y la historia de su propio país es el terreno más cercano para empezar, porque está en la calle, en los apellidos, en las fiestas locales, en los museos, en la arquitectura, en los relatos de los abuelos. La memoria colectiva, bien trabajada, no es nostalgia: es criterio.

¿Cómo se hace esto sin convertir el salón en un aula rígida? Con gestos pequeños y constantes, de esos que no pesan y, sin embargo, cambian vidas. Pasear por el barrio y contar por qué una plaza se llama así. Visitar un castillo o un yacimiento y preguntar: “¿Cómo crees que vivían aquí?”. Abrir un mapa y jugar a seguir rutas: del pueblo a la capital, de un puerto al otro lado del océano. Leer juntos episodios que enganchen: una expedición, una defensa heroica, una innovación técnica, una vida ejemplar o una tragedia de la que aprender. Y cuando toque hablar de errores históricos, hacerlo con una frase que educa más de lo que parece: “Esto ocurrió; pensemos qué lección nos deja”.

Al final, amar un país no consiste en repetir consignas, sino en cultivar gratitud y responsabilidad. Gratitud por el patrimonio recibido, por la lengua, por los símbolos compartidos, por las instituciones y el esfuerzo acumulado de generaciones. Responsabilidad para cuidar lo común, para mejorar lo que no funciona, para tratar con dignidad a los demás. Si la casa es la primera escuela, también es el primer taller de ciudadanía.

Y si llegan las Navidades y quieres convertir un regalo en una semilla, la lectura es una apuesta segura. En mi caso, y como autor de los libros que propongo a continuación, he intentado que cada título sea una puerta distinta para empezar esa “labor de aprender a amar la Historia” en familia:

En Busca de España: un viaje reflexivo por nuestra identidad histórica y cultural, ideal para leer y comentar.

Colorea tus Símbolos: aprendizaje activo, visual y entretenido, perfecto para los más pequeños.

Blas de Lezo y la Defensa de Cartagena de Indias: una historia vibrante de carácter, estrategia y coraje.

Curiosidades de la Historia de España para padres e hijos: capítulos ágiles para leer juntos, conversar y encender preguntas.

Porque un libro, bien elegido, no solo entretiene: abre conversación. Y una conversación, repetida con cariño, puede construir ese vínculo invisible que hace que un niño no solo conozca su país, sino que aprenda a cuidarlo.

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