La escena de la llegada de los magos de Oriente a Belén constituye uno de los pasajes más conocidos del relato del nacimiento de Jesús y se recoge exclusivamente en el Evangelio según San Mateo (2, 1-12). El evangelista narra cómo, tras el nacimiento del niño en Belén de Judea, unos sabios procedentes del este llegan a Jerusalén preguntando por el “rey de los judíos”, afirmando haber visto su estrella en Oriente y movidos por el deseo de adorarlo. Desde el inicio, el relato sitúa el acontecimiento en un contexto cargado de significado político y religioso.
La inquietud de Herodes y el camino hacia Belén
La reacción del rey Herodes es inmediata. Al conocer la noticia, se turba, y con él toda Jerusalén. El monarca, consciente de la amenaza que podía suponer el anuncio del nacimiento de un nuevo rey, convoca a los sumos sacerdotes y a los escribas para averiguar dónde debía nacer el Mesías. La respuesta es clara y remite a la tradición profética: Belén, una pequeña localidad de Judea, alejada de los centros de poder. Este contraste entre la capital y el lugar humilde donde se desarrolla el acontecimiento central recorre todo el pasaje.
Los magos prosiguen su camino guiados por la estrella, que vuelve a aparecer y se detiene sobre el lugar donde se encuentra el niño. Al hallarlo con María, su madre, se postran ante él y le ofrecen tres dones: oro, incienso y mirra. Desde antiguo, estos regalos han sido interpretados como símbolos de la identidad de Jesús. El oro alude a su realeza; el incienso, reservado al culto divino, señala su condición sagrada; y la mirra, utilizada en los ritos funerarios, anticipa su humanidad y su destino mortal.
Tradición, nombres y proyección cultural
San Mateo no ofrece datos concretos sobre el número de aquellos sabios ni menciona sus nombres. Será la tradición posterior la que fije su número en tres, probablemente en relación con los dones ofrecidos, y la que les atribuya los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, documentados en textos cristianos tardíos como el Evangelio Armenio de la Infancia, del siglo VI. Durante la Alta Edad Media, estos nombres se difundieron en la liturgia y la iconografía, asignando a cada mago un origen geográfico distinto y reforzando la idea de una adoración universal. Con el paso del tiempo, esta tradición quedó integrada en la celebración cristiana de la Epifanía.





