Cuadro 'Por España y por el Rey'. Gálvez en América | Augsuto Ferrer-Dalmau
Cuadro 'Por España y por el Rey'. Gálvez en América | Augsuto Ferrer-Dalmau

Tras las protestas diplomáticas de España —junto a varios países iberoamericanos— contra
la reciente intervención militar estadounidense en Venezuela, que culminó con la captura de
Nicolás Maduro el 3 de enero, el senador republicano por Utah, Mike Lee, publicó un tuit
burlón: «USA not recognizing Spain in the Americas since 1898» («EE.UU. no reconoce a
España en las Américas desde 1898″).
La frase alude a la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 —aquella «espléndida pequeña
guerra», como la llamó irónicamente John Hay—, en la que España sufrió una derrota
humillante y perdió Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas. Es probable que el senador ignore
—o finja ignorar— que el estado al que representa, Utah, formaba parte del vasto territorio
de la Luisiana que Carlos IV cedió a Napoleón a cambio del efímero reino de Etruria.
Bonaparte, violando el acuerdo, lo vendió en 1803 a los jóvenes Estados Unidos para
financiar sus guerras europeas, permitiendo así que el país duplicara su superficie de un
plumazo.
Tampoco parece recordar (agradecer) el senador que España fue crucial en la
independencia estadounidense. Más allá de la ingente ayuda económica y logística inicial,
las campañas militares de Bernardo de Gálvez en el sur y la captura de un doble convoy
británico por Luis de Córdova rompieron las líneas vitales de suministro inglesas que les
condujeron a la derrota. Liberados de las élites británicas, los estadounidenses —prácticos y
emprendedores— se lanzaron a la expansión sin frenos. Bajo la Doctrina del Destino
Manifiesto, compraron territorios, desplazaron y masacraron poblaciones indígenas y libraron
guerras contra países vecinos para robarles tierras.
Ya incontestados en el Atlántico y con acceso al Pacífico, su salto a potencia global llegó con
los préstamos masivos a Francia y Reino Unido durante la Primera Guerra Mundial. Europa
quedó devastada y endeudada y EE.UU. pasó de deudor a acreedor mundial. Nueva York
eclipsó a Londres como centro financiero y el dólar inició su hegemonía.
El cierre en falso de aquella guerra, con el humillante Tratado de Versalles y sus deudas
impagables, sembró el revanchismo alemán, la hiperinflación y el nazismo, abriendo la
puerta a la Segunda Guerra Mundial. Incluso antes de entrar formalmente en el conflicto
—tarde, como siempre—, EE.UU. sacó provecho; destructores y convoyes Liberty a cambio
de bases británicas y tecnología avanzada en aviación y electrónica. Su esfuerzo bélico fue
esta vez decisivo en ambos teatros, aunque empañado por el uso de las armas más
destructivas de la historia.
Salvo la Guerra de Secesión, nunca han combatido en su territorio continental; sus ciudades
e industrias intactas, su población ajena a bombardeos, hambrunas o reconstrucciones
masivas. Siempre jugaron fuera de casa. Contuvieron el comunismo en todos los
continentes (perdiendo plumas en Cuba y Vietnam), agotaron a la URSS y erraron en Irak y
Afganistán, mientras le cedían demasiada industria a China, que hoy domina África y corteja
a Iberoamérica.
Hoy, con este golpe teatral en Venezuela —motivado, como siempre, por el interés
económico y el control del petróleo—, vuelven a la mesa del Risk global. Solo se mueven por
geo estrategia pura; no hay romanticismo ni altruismo. No nos engañemos; pensábamos que
declinaban tras años de administraciones débiles, pero han regresado con fuerza contra
Rusia (incapaz de imponerse en Ucrania gracias a la ayuda occidental) y China (paciente y
calculadora) ¿Y la Unión Europea? Irrelevante, enzarzada en su autodestrucción; hundiendo
su agricultura, asfixiando su industria con regulación y dependiendo de una inmigración
masiva sin política natalista coherente.
JJDeLama (@HernnCortes en X)

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