La Cruz de Borgoña: el origen del emblema que identificó al Imperio español

Tercios Españoles
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Durante siglos, una cruz roja en aspa ondeó en los campos de batalla de Europa y en las fortalezas de ultramar como signo distintivo de los ejércitos españoles. Ese símbolo, conocido como la Cruz de Borgoña, acabaría convirtiéndose en uno de los emblemas más reconocibles de la historia militar de España, mucho antes de que existiera el concepto moderno de bandera nacional.

La Cruz de Borgoña no nació en España. Su origen se encuentra en Borgoña y en las complejas relaciones dinásticas de comienzos del siglo XVI, cuando los símbolos familiares y territoriales acompañaban a reyes y ejércitos como signo de autoridad y legitimidad.

De Borgoña a la Corona española

La Cruz de Borgoña procede de la corte de Felipe el Hermoso, esposo de Juana I de Castilla. Felipe ostentaba el título de duque de Borgoña, y el patrón de ese territorio era San Andrés, cuyo martirio dio lugar a la cruz en aspa que acabaría convirtiéndose en emblema militar. Como era habitual en la tradición dinástica de la época, Felipe utilizaba este símbolo en sus banderas y en su séquito.

Sería su hijo, el emperador Carlos I, quien adoptaría la Cruz de San Andrés o de Borgoña como distintivo de sus ejércitos. A partir de su reinado, el aspa roja comenzó a identificarse de manera habitual con las fuerzas del Imperio español. Su uso se generalizó en el primer tercio del siglo XVI y ya estaba plenamente integrada en las campañas imperiales en fechas tan tempranas como la batalla de Pavía, en febrero de 1525.

Un estandarte militar, no una bandera nacional

El modelo más común de la Cruz de Borgoña en los ejércitos españoles fue el llamado aspa ecotada, con los brazos irregulares y astillados, que evocaban los nudos y cortes de los troncos. Su color rojo hacía referencia al martirio de San Andrés, pero también adquirió un significado práctico y simbólico. Durante siglos, el rojo distinguió a los soldados españoles, que, en ausencia de uniformes reglados, solían llevar bandas de ese color en el brazo o sobre el cuerpo.

Las banderas ocupaban un lugar central en el combate. Eran portadas por los alféreces y servían como punto de referencia y cohesión en medio de la batalla. La pérdida de la enseña se consideraba una deshonra grave, y el alférez tenía la obligación de defenderla incluso a costa de su vida.

No todas las banderas eran iguales. Su diseño dependía del capitán y, aunque la inmensa mayoría incorporaba la Cruz de Borgoña, el color del fondo podía variar. Con el tiempo, este estandarte ondeó en fortalezas, presidios y plazas españolas repartidas por todo el mundo. La Cruz de Borgoña no fue una bandera nacional en el sentido moderno del término, pero durante más de tres siglos fue el símbolo militar y representativo más reconocible del Imperio español, el emblema con el que España fue identificada en Europa y en ultramar mucho antes de la aparición de las banderas nacionales contemporáneas.

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