El día que Roma estuvo a punto de desaparecer: la crisis que casi destruye el Imperio desde dentro

La crisis del siglo III fragmentó el poder romano y convirtió el periodo comprendido entre 235 y 284 en uno de los momentos más peligrosos de toda la historia del Imperio.
La crisis del siglo III fragmentó el poder romano y convirtió el periodo comprendido entre 235 y 284 en uno de los momentos más peligrosos de toda la historia del Imperio.

Cuando se habla de la caída del Imperio romano, la mirada suele dirigirse al año 476. Sin embargo, Roma estuvo mucho más cerca de desintegrarse casi dos siglos antes, durante una sucesión de guerras, epidemias, invasiones y crisis económicas que los historiadores conocen como la crisis del siglo III.

Todo comenzó en el año 235, tras el asesinato del emperador Alejandro Severo. Durante las siguientes cinco décadas, el trono imperial se convirtió en una posición extraordinariamente peligrosa. Generales apoyados por diferentes ejércitos eran proclamados emperadores mientras sus rivales trataban de eliminarlos. Entre emperadores reconocidos y numerosos usurpadores, decenas de hombres reclamaron la púrpura imperial y muchos tuvieron finales violentos.

El caos político coincidió con una tormenta perfecta. Pueblos germánicos presionaban las fronteras del Rin y del Danubio, mientras el poderoso Imperio sasánida atacaba las provincias orientales. En el año 260 ocurrió algo hasta entonces casi inimaginable: el emperador Valeriano fue capturado por los persas.

La economía tampoco escapó al desastre. La degradación de la moneda, el aumento de los gastos militares, las dificultades comerciales y la inflación erosionaron la estabilidad imperial. A todo ello se sumó la denominada peste de Cipriano, una epidemia que golpeó numerosos territorios romanos durante el siglo III.

La situación llegó a ser crítica cuando el Imperio quedó prácticamente dividido en tres: Roma conservaba el territorio central, el Imperio galo controlaba buena parte de Occidente y Palmira dominaba extensas regiones orientales.

Entonces apareció Aureliano. Entre 270 y 275 derrotó a Palmira y recuperó el Imperio galo, reunificando nuevamente los territorios romanos. No por casualidad recibió el título de Restitutor Orbis, el Restaurador del Mundo.

La llegada de Diocleciano en 284 cerraría convencionalmente la crisis mediante una profunda reorganización del Estado.

Roma sobrevivió. Pero el siglo III había demostrado algo fundamental: el Imperio aparentemente eterno también podía quebrarse.

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