Javier Miró nos invita a recorrer un mundo que parece desangrarse en cada página con Gris era el páramo, publicada por la editorial Grijalbo. La novela camina entre la fantasía oscura y el grimdark, pero lo hace con un estilo propio: directo, atmosférico y con personajes que sostienen el relato con la misma fuerza con la que cargan sus contradicciones.
El Páramo es un escenario implacable. Sus vientos, su Umbra y sus grietas forman un paisaje que no concede descanso. Allí se cruzan distintas voces —Nyx, Lem, Maia, Wylar—, cada una con un destino marcado por la lucha, la ambición o la supervivencia. No se trata de una narración coral al uso, sino de un conjunto de hilos que se tensan, se entrelazan y, a veces, se rompen dejando al lector con la sensación de que el camino continúa más allá.
Nyx, la caminante que atraviesa la Umbra; Lem, el aprendiz de augur atrapado entre lo que espera de sí mismo y lo que le toca vivir; Maia y Wylar, soldados que se juegan la vida en cada paso. Cada uno aporta su propia voz, su visión y su fragilidad. Esa pluralidad de perspectivas convierte la lectura en un viaje áspero, pero cargado de matices.
El mérito de Miró está en construir un mundo crudo sin necesidad de sobrecargarlo de artificio. La ambientación es gris, pero no plana: el Páramo respira, amenaza, y se convierte en un personaje más. El tono oscuro se mantiene constante, pero no ahoga; más bien, recuerda que en este tipo de fantasía no hay héroes impolutos, más bien personajes grises, personas enfrentadas a dilemas que nunca tienen una respuesta fácil.
Gris era el páramo es, en definitiva, una obra que se sostiene por la fuerza de sus personajes y la crudeza de su escenario. Una fantasía oscura que mantiene la tensión, que confirma a Javier Miró como una de las voces más potentes dentro del género en español y que abre ante el lector un mundo vivo y peligroso, que se resiste a quedar contenido en una sola novela.





