Carlos Canales, autor de Guerras sin recuerdo: «Una batalla olvidada en Mongolia decidió la Segunda Guerra Mundial»

Carlos Canales Guerras Sin Recuerdo
Carlos Canales Guerras Sin Recuerdo

El historiador presenta Guerras sin recuerdo, escrito junto a Miguel del Rey y publicada por la Editorial EDAF, un recorrido por los conflictos de 1939 a 1945 que la gran guerra se tragó: de Nomonhan a Laponia, pasando por Albania, Tailandia o la guerra entre Perú y Ecuador.

Hubo guerras dentro de la Segunda Guerra Mundial que casi nadie recuerda. Fueron breves, se libraron en lugares remotos o enfrentaron a países pequeños, y la magnitud del conflicto mundial las sepultó. Carlos Canales y Miguel del Rey las han reunido en Guerras sin recuerdo. Conflictos olvidados entre 1939 y 1945 (EDAF), un libro que nace, según cuenta Canales, de un recuerdo de infancia compartido por ambos autores.

¿Cómo nace Guerras sin recuerdo?

Es el fruto de un capricho, de los recuerdos de infancia que teníamos Miguel del Rey y yo, que tenemos la misma edad. Se lo propuse a Miguel, que es también un gran especialista en la Segunda Guerra Mundial. Le comenté que la idea surgió cuando yo era un niño y compré un libro sobre la guerra ruso-finlandesa de la legendaria Editorial San Martín. De los conflictos que forman parte de este trabajo, ese es el único algo más conocido.

Sabíamos que hubo un montón de conflictos entre 1939 y 1945 que la historia había borrado porque fueron absorbidos por una guerra de escala gigantesca. Pero tienen cosas muy interesantes: política internacional, presiones, cómo se movían las grandes potencias frente a las pequeñas en los años treinta y cuarenta, la fuerza que tenía entonces la idea de que el poderoso tenía casi el derecho de aplastar al débil y lo poco que importaba la neutralidad a los dos bandos.

Los países que las libraron sí las recuerdan. ¿Por qué hablar entonces de guerras «sin recuerdo»?

Los países que las libraron las recuerdan perfectamente; algunos, demasiado, porque siguen siendo fuente de conflictos actuales. Las llamamos así porque el gran público las ha olvidado, y por dos motivos. El primero, el conocido: la historia la escriben los vencedores, y los vencedores de la guerra mundial ocultaron en alguna medida estos conflictos porque no en todos quedaban muy bien. El segundo es un simple problema de tamaño: eran guerras entre naciones muy pequeñas, en lugares muy remotos o muy breves, y al mezclarse con algo tan monumental como una guerra mundial, nadie se acuerda de ellas.

¿Con qué criterio las eligieron?

Básicamente, que existieran. Eso sí, apartamos aquellos casos en los que no hubo enfrentamientos militares de entidad suficiente para hablar de una guerra o una miniguerra. Por eso quitamos la ocupación soviética de Estonia, Letonia y Lituania, la entrega de Besarabia y Bucovina por parte de Rumanía a la Unión Soviética o la de la Rutenia subcarpática a Hungría. Por lo demás, el orden es cronológico: empezamos por los combates de Nomonhan y Jaljin Gol entre el Ejército de Kwantung japonés y las tropas soviéticas y mongolas, y acabamos con la guerra de Laponia, que enfrentó a los finlandeses con su antiguo aliado, la Alemania nazi.

¿Qué enseñan hoy estas guerras?

Son muy interesantes para entender el esquema del poder: cómo proteger a las naciones débiles de las poderosas cuando existe una ambición política y territorial insaciable. Es lo que le pasó a Albania en 1939 y a Grecia, ambas invadidas por la Italia fascista. O el desprecio a la neutralidad de británicos y soviéticos cuando ocupan Irán en 1941, o el de los británicos cuando atacan en 1942 Madagascar, de la supuestamente neutral Francia de Vichy.

El gran problema es que las Naciones Unidas tenían que haber corregido los mecanismos en los que fracasó la Sociedad de Naciones. La Sociedad de Naciones se hunde tras el ataque italiano a Abisinia en 1935, cuando se ve claramente que no tiene ninguna capacidad de frenar a una potencia con intereses hegemónicos y dispuesta a usar la fuerza.

La batalla que salvó Moscú sin que nadie lo supiera

Usted sostiene que uno de estos conflictos menores fue decisivo.

El caso de los combates de Jaljin Gol y Nomonhan. Miguel del Rey y yo sostenemos, y no es una exageración, que ese conflicto decide la Segunda Guerra Mundial sin que ninguno de los dos bandos lo supiera.

Explíquelo.

El Ejército de Kwantung era la unidad más poderosa del ejército japonés y estaba metido en una guerra inmensa en China desde 1937. Su objetivo esencial era dotar a Japón de las materias primas que le faltaban para sostener un conflicto a gran escala. En el Estado Mayor japonés había dos planes.

El del Ejército de Kwantung se basaba en la experiencia de la revolución rusa, cuando los japoneses ocuparon la provincia marítima rusa y Vladivostok, la principal base naval soviética en el Pacífico. Pensaban tantear la resistencia soviética por si merecía la pena buscar esas materias primas en el inmenso y vacío territorio de Siberia, lo que suponía abrir otro frente contra la Unión Soviética.

La segunda opción era la de la Armada Imperial: buscar las materias primas en el sudeste asiático, en Indonesia, Birmania, Malasia o la Indochina francesa. Eso significaba enfrentarse a las potencias europeas, al Reino Unido, a los holandeses y tal vez a los franceses. Y tenía un escollo fundamental: había que hacer algo con Filipinas, que era «propiedad» de Estados Unidos. Eso suponía, con toda probabilidad, una macroguerra con la potencia naval norteamericana.

Hasta Jaljin Gol la balanza estaba equilibrada, incluso con una ligera inclinación a creer que el Ejército de Kwantung tenía razón. Pero el desastre monumental de Nomonhan hizo que los japoneses tuvieran literalmente terror a los soviéticos. Eso dio fuerza a la idea de la Marina Imperial de preparar la guerra contra Estados Unidos y las potencias europeas. Y hay otro factor fundamental: el 7 de diciembre de 1941, el día del ataque a Pearl Harbor, los alemanes estaban a 30 kilómetros de Moscú en la operación Tifón. Los japoneses no se atrevieron en ningún momento a cruzar el Usuri y el Amur. Eso permitió a Stalin llevar decenas de divisiones siberianas al frente de Moscú en el momento álgido de la batalla. Eso decide la Segunda Guerra Mundial.

¿Aparece España en el libro? ¿Fue la Guerra Civil un laboratorio de estos conflictos?

Más que un laboratorio de los sucesos, España aparece como laboratorio de las armas y las máquinas. La Guerra Civil acaba unas semanas antes de los primeros hechos que contamos, y la experiencia adquirida en nuestro conflicto, sobre todo por soviéticos e italianos, se utilizó después. Pero también el material. Muchas de estas naciones eran pequeñas y estaban mecanizando sus ejércitos a un nivel muy primario; si tenían aviones, eran anticuados frente a los de las grandes potencias. Por eso era muy frecuente que aviones, carros de combate, vehículos y artillería usados en nuestra guerra aparezcan en manos de distintos bandos en los conflictos del libro.

Albania fue invadida un Viernes Santo. ¿Casualidad?

No. El consejo de guerra italiano eligió el Viernes Santo porque pensó que los políticos europeos estarían ocupados en un día de fiesta y no prestarían demasiada atención a que Italia invadiera a su vecino. Parece curioso, pero fue así. Italia actuó también por prestigio. Mussolini quería impresionar a Hitler y demostrar que también era capaz de una acción militar en favor de sus intereses. Estaba dolido por lo ocurrido en Checoslovaquia, de cuya independencia había sido uno de los garantes. La ruptura de la nación checa y la ocupación alemana de Bohemia y Moravia, convertidas en protectorado, le llevaron de manera automática a invadir Albania, una nación indefensa, tratada de forma injusta por un ejército inmensamente superior.

Después vino Grecia.

La chulería de los italianos, tras el éxito en Albania, un país con un ejército poco más que tribal, les llevó a seguir adelante con la invasión de Grecia. Fue un error. Lo digo claramente: para mí es la parte más emocionante del libro, porque es un ejemplo de altura política y de decisión nacional. El valor con el que los griegos asumieron el ataque, las frases inmortales de sus líderes, que sabían que se enfrentaban a un enemigo inmensamente superior. Dieron la cara y además contraatacaron y ocuparon la mitad de Albania, hasta que en abril de 1941 los atacó Alemania y no pudieron resistir al Eje. El ejemplo griego, como el finlandés, es lo que hay que hacer cuando crees en tu independencia, en que tu causa es justa y en que el enemigo no tiene razón.

¿Cuál es el conflicto que más sorprende a los lectores?

El de Tailandia. Es sobre el que más gente nos ha escrito diciendo que no tenía ni idea de que existiera. Es el clásico conflicto que empieza por la debilidad de uno de los dos lados. En 1940, cuando Alemania invade Francia, el Imperio japonés exige al gobierno colonial francés de Indochina, es decir, de las actuales Camboya, Laos y Vietnam, que le ceda bases. Francia se traga la humillación y las cede.

Pero no fue su único problema. Aislado de Europa, el gobierno colonial vio cómo esa debilidad servía de pretexto a sus vecinos tailandeses para intentar corregir lo que yo también considero un agravio histórico: los territorios que Francia le quitó en el siglo XIX al reino de Siam, que apenas podía defenderse de una potencia como la Francia de finales del XIX. Los tailandeses lo anotaron en su memoria. Tailandia y Japón fueron las dos únicas naciones asiáticas que no cayeron bajo la ocupación o el sometimiento a las grandes potencias europeas, y a finales de los años treinta Tailandia se dotó del mejor material posible. En 1941 aprovechó la debilidad francesa para lanzar una invasión terrestre en toda la frontera.

Para la Indochina francesa fue un drama: sin ayuda de Europa, tuvo que aguantar con lo que tenía y con los japoneses, que no le mostraban ninguna simpatía, ocupando sus bases principales. En tierra, a Francia no le salió bien, pero obtuvo una impresionante victoria naval que equilibró el conflicto. A los japoneses no les interesaba aquel lío cuando ya tenían claro lo que iba a ocurrir en los meses siguientes, así que obligaron a ambos bandos a un alto el fuego. Una guerra desconocida, olvidada y muy interesante.

También hay una guerra hispanoamericana en el libro.

Muchos lectores se extrañan, pero sí: en 1941 hubo una guerra entre Ecuador y Perú. Venía de viejos conflictos de límites entre los virreinatos del Perú y de Nueva Granada, que heredaron las sucesivas repúblicas, desde la Gran Colombia hasta Ecuador. Perú ya había tenido un conflicto territorial con Colombia a principios de los años treinta. La de 1941 fue una especie de guerra relámpago en miniatura: un ejército peruano muy modernizado, con material sobre todo checo, frente a un ejército ecuatoriano pobremente armado y muy mal dirigido. Supuso una victoria rapidísima y la consolidación del poder peruano sobre inmensos territorios.

Curiosamente, es el único conflicto del libro que no está del todo resuelto. Como saben muchos lectores, sobre todo peruanos y ecuatorianos, en 1995 hubo un nuevo enfrentamiento armado en el Cenepa, y la zona ha dado lugar después a incidentes territoriales. Es una pena, porque son dos naciones hermanas. Y tiene una curiosidad: el ataque a Puerto Bolívar por un pequeño comando paracaidista peruano es la primera intervención de este tipo de unidades en la historia de América.

Finlandia, el país que dijo no a Stalin

Finlandia aparece al principio y al final del libro.

Es uno de los aspectos más asombrosos de la historia del siglo XX. Finlandia libra tres guerras contra los soviéticos, y todo el mundo lo olvida. En España, por ejemplo, es habitual que determinados historiadores digan que España fue la única nación del mundo que derrotó al comunismo. Falso. Los finlandeses tuvieron una guerra civil en 1918 en la que el ejército blanco se impuso al rojo, apoyado por los comunistas en lo que iba a ser la Unión Soviética.

¿Por qué ataca Stalin a Finlandia en 1939?

La guerra de 1939-1940 obedece a un movimiento que la Unión Soviética hace en toda Europa y que, para mí, es el otro elemento decisivo de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1939 y 1941 intenta desesperadamente mover sus fronteras lo más posible hacia el oeste. Ocupa los tres Estados bálticos, más de la mitad de Polonia en 1939 y luego exige a Rumanía Besarabia y Bucovina. Así mueve la frontera entre 150 y 300 kilómetros. Parece una tontería, pero los alemanes se quedaron a 30 kilómetros de Moscú: sin esos 300 kilómetros habrían llegado a los Urales. La Unión Soviética sabía lo que hacía, pero le faltaba un detalle: mover la frontera del istmo de Carelia, porque la consideraba demasiado cerca de Leningrado. Con Finlandia hace lo mismo que con los demás, pero le sale mal.

Finlandia rechaza la propuesta soviética y va a la guerra con un ejército insignificante, material insignificante y una aviación ridícula, pero con una moral de combate, un entrenamiento y una capacidad humana espectaculares. El desastre soviético es monumental. Un ejemplo: los finlandeses perdieron noventa y tantos aviones; los rusos, casi 800. Los combates legendarios de los esquiadores finlandeses en los bosques son reales, pero la guerra se decide en las líneas fortificadas del istmo de Carelia, que los soviéticos acaban rompiendo hasta ocupar Víborg. Sabían que si intentaban ocupar Finlandia entera podían dañar sus relaciones con Gran Bretaña e incluso con Estados Unidos, y hacer que Suecia se sintiera amenazada. Se conforman con alejar la frontera de Leningrado y no acaban con la independencia finlandesa.

¿Y la guerra de Laponia, con la que cierran el libro?

Es una guerra triste en todos los sentidos. Enfrenta a los finlandeses con sus antiguos aliados alemanes. Para Alemania siempre fue una traición, una puñalada por la espalda de un aliado con el que, según ellos, se habían portado de manera honesta. Para Finlandia era una cuestión de supervivencia nacional: un ultimátum soviético al que no podía decir que no, porque la alternativa era la invasión y la destrucción del país. Eso nunca ocurrió: Helsinki es la única capital del bando del Eje que no fue ocupada por los aliados. Prefirieron enfrentarse a sus antiguos aliados antes que seguir la guerra contra los soviéticos.

La guerra fue muy dura. Toda Laponia quedó arrasada y no se recuperó hasta bien entrados los años cincuenta. Para Alemania fue una guerra defensiva sorda, oscura y fea, retirándose lentamente hacia la frontera noruega, sabiendo que ya nunca alcanzaría su objetivo de ocupar las zonas mineras de la península de Kola, que había intentado en 1941 y 1942. Terminó en la primavera de 1945, antes del final de la guerra mundial.

¿Se quedó algún conflicto fuera?

Si hubiéramos incluido alguno más, habría sido la extraña miniguerra entre Japón e Italia en China en 1943. Cuando el gobierno italiano firma el armisticio, los japoneses actúan de inmediato contra la concesión italiana en China, defendida por unidades italianas que combatieron excelentemente. Y tiene un epílogo rarísimo: los grandes submarinos de transporte italianos en Asia pasaron a Alemania y luego a Japón, y buena parte de sus marinos italianos siguió combatiendo con los japoneses hasta el final. De hecho, el último avión aliado derribado en la guerra, un bombardero norteamericano abatido el último día, lo derribó un submarino japonés que era el antiguo Torelli italiano, con cuarenta y tantos italianos a bordo.

¿A quién recomendaría el libro?

A cualquiera interesado en cómo funcionaban las mecánicas del poder de las naciones fascistas, y de cualquier potencia de los años treinta y cuarenta, y en cómo agredían a sus vecinos. Guerras sin recuerdo es una pequeña memoria de todo lo que no deben ser las relaciones internacionales. Todo lo que se cuenta aquí se resolvió por la fuerza y no por la diplomacia, algo que nunca debe ser la norma entre naciones civilizadas.


Guerras sin recuerdo. Conflictos olvidados entre 1939 y 1945. Carlos Canales y Miguel del Rey. EDAF, colección Crónicas de la Historia, 2026. 496 páginas. Ficha en Google Books

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