Catalina de Aragón: la reina que Enrique VIII no logró borrar

Catalina de Aragón
Catalina de Aragón

Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, falleció el 7 de enero de 1536 a los 50 años en el castillo de Kimbolton, en el condado de Cambridgeshire, donde vivía apartada de la corte tras haber sido repudiada por su esposo, Enrique VIII. El monarca había roto con Roma para contraer matrimonio con Ana Bolena, dando origen a la Iglesia anglicana.

Durante la autopsia practicada pocas horas después de su muerte, antes del embalsamamiento, se halló su corazón ennegrecido, lo que dio pie a rumores de envenenamiento nunca probados. Catalina murió sin aceptar la nulidad matrimonial y considerándose hasta el final la legítima reina de Inglaterra. Fue enterrada en la catedral de Peterborough con el título de princesa viuda de Gales, reflejo de la dureza de su final.

Pese a ello, la figura de Catalina de Aragón es apreciada en Inglaterra. Se la recuerda como una reina piadosa, austera y cercana al pueblo, especialmente en tiempos de crisis. Su dignidad ante el abandono y su negativa a aceptar la nulidad han llevado a muchos británicos a verla como moralmente superior a Enrique VIII y a Ana Bolena.

Una reina educada para gobernar

Nacida el 16 de diciembre de 1485, Catalina fue criada en la corte de los Reyes Católicos con una formación poco habitual para una mujer de su tiempo. Dominaba varias lenguas, conocía el derecho canónico y poseía una sólida cultura humanista. Su matrimonio con la dinastía Tudor respondía a una alianza estratégica de primer orden en la Europa de finales del siglo XV.

Tras la muerte del príncipe Arturo, heredero de Inglaterra, Catalina contrajo matrimonio con su hermano menor, Enrique, que accedió al trono en 1509. Durante los primeros años de reinado ejerció con solvencia su papel de reina consorte. Fue respetada por la nobleza y el pueblo, y actuó como regente en ausencia del rey, demostrando capacidad política y firmeza en el ejercicio del poder.

La ironía final de la sucesión

El problema sucesorio marcó definitivamente su destino. Catalina dio a Enrique varios hijos, pero solo una alcanzó la edad adulta: María I de Inglaterra, hija de Catalina de Aragón. La imposibilidad de obtener un heredero varón sano llevó al rey a solicitar la nulidad matrimonial, que Roma se negó a conceder. La ruptura con la Iglesia católica y el posterior matrimonio con Ana Bolena sellaron el destino de Catalina, relegada a un progresivo aislamiento.

La ironía histórica es evidente. El ansiado heredero varón, Eduardo VI, fruto de un tercer matrimonio, reinó apenas cinco años y murió sin descendencia. Tras su muerte, el trono recayó primero en María I, hija de Catalina de Aragón, y después en Isabel I. Así, Inglaterra acabó gobernada por las hijas que Enrique VIII trató de apartar, mientras Catalina, repudiada en vida, terminó imponiéndose como vencedora moral de su propia historia.

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