Durante mucho tiempo, los economistas creyeron que las personas eran racionales, que tomaban decisiones frías y lógicas basadas en datos. Nada más lejos de la realidad. La economía conductual demostró que somos criaturas emocionales, impulsivas y llenas de sesgos.
Compramos por miedo o por deseo, ahorramos por culpa, invertimos por contagio. Daniel Kahneman y Richard Thaler, pioneros de este campo, demostraron que los mercados son tan psicológicos como matemáticos. La confianza, la aversión al riesgo o el efecto manada explican burbujas y crisis mejor que cualquier ecuación.
Las políticas públicas han aprendido de ello: hoy se diseñan “empujones” (nudges) para fomentar hábitos saludables o sostenibles, sin imponerlos. En los mercados, las marcas explotan la emocionalidad para conectar con el consumidor.
La economía conductual nos recuerda algo esencial: el dinero es solo un reflejo de lo que somos. Entender cómo pensamos, sentimos y actuamos es entender, al fin, por qué el mundo se mueve como se mueve.





