Sin España no habría habido caballos en América. Sin caballos no habría habido vaqueros. Y sin vaqueros, el cowboy jamás habría existido. Ese es el hecho histórico fundamental que Alexandria Ocasio-Cortez parece desconocer o ignorar.
Cuando los españoles llegaron a América a finales del siglo XV, el caballo no existía en el continente. Tampoco existía el ganado vacuno. Ambos animales habían desaparecido miles de años antes, al final de la última glaciación. Fueron los españoles quienes los reintrodujeron desde Europa y, con ellos, transformaron de forma radical el paisaje, la economía y la forma de vida en amplias regiones del continente.
En los territorios de Nueva España, que incluían lo que hoy son México, Texas, California, Arizona y Nuevo México, surgieron enormes explotaciones ganaderas. Aquellas extensiones abiertas, imposibles de gestionar a pie, exigieron el desarrollo de técnicas específicas y la aparición de una nueva figura profesional: el vaquero.
El nacimiento del vaquero en la América española
El propio término no deja lugar a dudas. “Vaquero” es una palabra española derivada de “vaca”. Ya en el siglo XVI designaba a los hombres encargados de manejar el ganado a caballo. También son españolas las herramientas y los elementos que definieron esta actividad: el lazo, la silla adaptada al trabajo ganadero, las espuelas, el rancho como unidad económica y el manejo sistemático del ganado en grandes espacios abiertos. Nada de esto existía en América antes de la llegada de España.
Durante los siglos XVII y XVIII, las grandes haciendas ganaderas de Nueva España consolidaron una auténtica cultura ecuestre. El término “charro”, utilizado originalmente en España, comenzó a aplicarse en México a los jinetes expertos en el manejo del ganado. Su vestimenta, con chaqueta corta, pantalones ajustados, botonaduras metálicas y sombrero ancho, tenía raíces directas en la tradición ecuestre española, adaptada al entorno americano.
Estados Unidos heredó una tradición ya existente
En el siglo XIX, tras la independencia de México, el charro se convirtió en un símbolo nacional. Representaba al hombre del campo, al jinete experimentado, al heredero de una tradición que llevaba más de tres siglos desarrollándose.
Cuando Estados Unidos se expandió hacia el oeste en ese mismo siglo, no creó esta cultura ganadera. La encontró plenamente formada en territorios que habían sido españoles durante más de doscientos años. Los colonos anglosajones adoptaron sus técnicas, su equipo y su modelo económico. Incluso el idioma inglés conserva las huellas de esa herencia: “buckaroo” procede de “vaquero”, “lasso” de “lazo”, “rodeo” de “rodeo”, “mustang” de “mesteño”, “bronco” de “bronco”, “corral” de “corral” y “ranch” de “rancho”.
El cowboy no es el origen de esta tradición. Es su consecuencia. Es el heredero directo de una cultura ecuestre creada por España en el siglo XVI. La historia es clara. Y no cambia por mucho que algunos pretendan ignorarla.





