Hay libros que nacen de la imaginación, y otros que nacen de la necesidad. Mamá tiene mil trabajos, de Lidia Gómez del Pozo, maestra, periodista y madre de dos pequeños, pertenece a los segundos. Conocida en redes como @mumdaloriana, Lidia creció en un pequeño pueblo de Andalucía soñando con que su voz llegara lejos y pudiera sembrar en otros los valores que ahora enseña en el aula.
La idea del libro surgió un día cualquiera, cuando su hijo le dijo: “Mamá, tú no trabajas, tú estás conmigo.” Aquella frase la atravesó por completo. “Sentí la necesidad de explicarle que aunque a veces no lo parezca, las mamás trabajamos muchísimo”, recuerda. En ese intento de hacerle entender todo lo que una madre hace en un solo día, buscando símiles profesionales, nació la historia.
Una historia que tenía que existir
Lidia comprendió que no era la única que se sentía así. Muchas madres viven el mismo equilibrio imposible entre el trabajo, la casa, la crianza y la culpa. “Podemos hablarlo entre nosotras o verlo con humor en redes, pero nunca se cuenta en los cuentos infantiles”, explica. Quería crear ese puente entre lo que las madres sienten y lo que sus hijos ven, y hacerlo desde la ternura y la verdad.

Magia real, no perfecta
“Los cuentos suelen hablar de mamás mágicas, pero no de mamás reales que hacen magia en silencio”, dice Lidia. Con Mamá tiene mil trabajos quiso rendir homenaje a esas mujeres que, sin varita ni hechizos, transforman lo cotidiano en cariño. Desde su experiencia como maestra y madre, encontró el tono perfecto para el público infantil: sincero, cálido y cercano. “Pensé en que le hablaba a mi hijo”, confiesa.
La primera imagen que imaginó fue la de una mamá rodeada de mil versiones de sí misma: la que trabaja, la que consuela, la que limpia, la que organiza, la que abraza. Una mujer que se multiplica cada día sin dejar de ser una sola.
Una historia escrita desde el corazón
El proceso no fue fácil. Encontrar el equilibrio entre la carga mental y la ternura fue su mayor desafío. Quería mostrar la realidad de las madres sin que sonara a queja, pero sin llegar a edulcorarla. Lo logró con una voz dulce, empática y profundamente humana. En ese camino descubrió algo que no esperaba: que era mucho más fuerte de lo que pensaba, que hacía más de lo que veía y que necesitaba reconocer su propio trabajo más a menudo.
Desde Apuleyo Ediciones confiaron en el proyecto desde el primer momento y la pusieron en contacto con Daniel Estandía, el ilustrador que daría vida a sus palabras. “Tiene una forma muy especial de retratar emociones sin necesidad de palabras. Su estilo era exactamente lo que la historia pedía”, cuenta.
Ilustraciones que hablan
Aunque apenas hubo comunicación entre ellos, la conexión fue inmediata. Daniel comprendió la esencia del mensaje sin necesidad de explicaciones. “Ver mis emociones convertidas en dibujos fue como verme desde fuera, y me conmovió muchísimo”, confiesa.
Su estilo aporta suavidad, calidez y humanidad; consigue que incluso las escenas más caóticas se sientan seguras y acogedoras, tal y como las vería un niño. Además, su trazo ligeramente infantil acerca aún más la historia a esa mirada infantil que Lidia buscaba transmitir desde el principio.
Entre todas las ilustraciones, hay una que guarda con especial cariño: aquella en la que el pequeño ayuda a su mamá a poner la lavadora. “Ella lleva el pelo recogido como yo cuando trabajo en casa, y él lleva una camiseta idéntica a la de mi hijo”, recuerda emocionada. Esa ilustración fue el momento en que se vio a sí misma dentro del libro, como si su historia y la de su hijo hubieran cobrado vida entre las páginas.
Como curiosidad, los protagonistas del cuento no tienen nombre. Lidia quiso que cada familia pudiera verse reflejada en ellos, reconocerse en los gestos, en las rutinas y en los detalles cotidianos.
Un homenaje a todas las madres
Más allá del cuento, Mamá tiene mil trabajos es un homenaje a todas las madres reales. “A las que no tienen tiempo ni de reconocerse, a las que se olvidan de quiénes son porque se dividen en mil versiones de sí mismas”, dice Lidia. También es un homenaje a su propia madre y una conversación pendiente con ella.
“Cuando nos convertimos en madres entendemos mucho mejor a las nuestras, y la forma en que miramos el pasado cambia para siempre”.
Un mensaje que trasciende
El libro busca despertar empatía, respeto y comprensión por el trabajo invisible. “Que ya no se vuelva a oír eso de: ‘ah, te quedas en casa, entonces no trabajas’”, pide.

Y, si al terminar el cuento, un niño mira a su madre y le pregunta: “¿Qué haces cuando no estoy contigo?”, “¿Cómo puedo ayudarte?”, o simplemente dice “Gracias por todo lo que haces”, entonces Lidia sabrá que su historia ha cumplido su propósito.
Escribir este libro también le reveló algo: que no todo el mundo es capaz de ver o valorar el trabajo que se hace en casa y, lo más duro, que “a veces ni siquiera nosotras mismas lo hacemos”.
Un legado para recordar
Lidia espera que, cuando esos niños crezcan, recuerden algo esencial: “Que su mamá lo dio todo. Que estuvo presente incluso cuando no lo parecía. Que los amó con mil versiones de sí misma.” Porque esa es, en el fondo, la esencia del libro: un recordatorio de que las madres hacen mucho más de lo que creen y que ese amor silencioso también merece contarse.
Ese mismo sentimiento la acompañó cuando tuvo el libro por primera vez entre sus manos. “Fue como sostener un pedacito de mi propio corazón”, confiesa. Una especie de nuevo bebé nacido de su esfuerzo, de su ilusión y de todas las horas invisibles que hay detrás. En ese instante entendió que Mamá tiene mil trabajos no era solo un cuento: era un testimonio, un hogar para todas esas versiones de una madre.
Y si tuviera que resumirlo en tres palabras, Lidia lo tiene claro: tierno, real y sanador. Tres palabras que definen su libro, pero también la forma en la que tantas madres transitan su propio día a día.





