Hay palabras que, con el paso del tiempo, dejan de significar lo que realmente significan para convertirse en otra cosa. Palabras sobre las que se acumulan prejuicios, intereses políticos, propaganda y, muchas veces, simplemente ignorancia.
Una de ellas es sionismo.
Hoy se utiliza esta palabra para explicar prácticamente cualquier cosa. Para algunos, el sionismo es una ideología expansionista. Para otros, una forma de colonialismo. Hay quienes hablan incluso de una especie de poder oculto que controla gobiernos, bancos, medios de comunicación o decisiones internacionales. Y están también quienes utilizan la palabra “sionista” casi como un insulto.
Pero ¿qué significa realmente ser sionista?
La respuesta es bastante más sencilla.
El sionismo es el movimiento político que defendió, y defiende, el derecho del pueblo judío a tener un Estado propio en su tierra ancestral.
Nada más. Y nada menos.
Para entender por qué apareció hay que entender primero la historia del pueblo judío.
Los judíos mantuvieron durante siglos una relación religiosa, histórica y cultural con la tierra de Israel y, especialmente, con Jerusalén. Incluso después de las diferentes diásporas, esa vinculación nunca desapareció. Jerusalén continuó formando parte de las oraciones, de las festividades y de la memoria colectiva judía.
Pero durante siglos los judíos vivieron dispersos por diferentes países. Y su historia en Europa estuvo marcada demasiadas veces por expulsiones, persecuciones, conversiones forzosas, pogromos y discriminación.
España conoce bien una parte de esa historia.
En el siglo XIX parecía que las cosas podían cambiar. La emancipación permitió que muchos judíos europeos adquirieran derechos civiles y se integraran en las sociedades en las que vivían. Sin embargo, el antisemitismo no desapareció.
Y es precisamente en ese contexto cuando aparece el sionismo político moderno.
Una de sus figuras fundamentales fue Theodor Herzl, periodista y escritor nacido en Budapest en 1860. Herzl llegó a la conclusión de que la integración, por sí sola, no garantizaba la seguridad de los judíos europeos. En 1896 publicó Der Judenstaat, normalmente traducido como El Estado judío, y un año después impulsó el Primer Congreso Sionista en Basilea.
La idea era revolucionaria y al mismo tiempo muy sencilla: si otros pueblos podían aspirar a la autodeterminación, ¿por qué los judíos no?
Ese es el corazón del sionismo.
No nació como una teoría para dominar el mundo. Tampoco como un proyecto para controlar gobiernos extranjeros. Ni significa que todos los sionistas piensen igual, porque nunca ha sido así.
Desde sus orígenes existieron diferentes corrientes sionistas. Hubo sionistas socialistas, liberales, religiosos, nacionalistas, laicos y posteriormente revisionistas. Incluso hubo profundas discusiones entre ellos sobre cómo debía construirse el futuro Estado y cuál debía ser su relación con la religión.
Reducir todo aquello a una única ideología cerrada es desconocer su propia historia.
También conviene recordar algo que muchas veces se olvida: no todos los judíos fueron sionistas y no todos los sionistas son judíos.
Hubo judíos que se opusieron al sionismo por razones religiosas, políticas o ideológicas. Y existen personas no judías que se consideran sionistas simplemente porque defienden el derecho de Israel a existir como Estado del pueblo judío.
Entonces, ¿por qué la palabra ha terminado cargándose de significados tan diferentes?
En parte porque, después de la creación del Estado de Israel en 1948, el término comenzó a utilizarse cada vez más para describir no solamente la existencia de Israel, sino prácticamente cualquier política realizada por sus gobiernos.
Y aquí aparece una confusión importante.
Sionismo no significa apoyar todo lo que haga el Gobierno de Israel.
Una persona puede defender la existencia de Israel y criticar a Netanyahu. Puede defender el sionismo y estar en contra de una operación militar determinada.
Exactamente igual que defender la existencia de España no significa apoyar todas las decisiones del Gobierno español.
Confundir un Estado con su gobierno es un error. Confundir el derecho de ese Estado a existir con cada una de las políticas que desarrolla es otro.
También existe una segunda confusión todavía más problemática.
Durante siglos circularon en Europa teorías sobre los judíos como un grupo secreto que controlaba las finanzas, los gobiernos o los acontecimientos internacionales. Esas teorías existían mucho antes de la creación del Estado de Israel.
Con el tiempo, parte de ese viejo lenguaje simplemente cambió de palabra.
Donde antes algunos decían “los judíos”, ahora dicen “los sionistas”.
Por supuesto, criticar el sionismo no convierte automáticamente a nadie en antisemita. Se puede rechazar el nacionalismo judío igual que se puede rechazar cualquier nacionalismo. También se pueden discutir las circunstancias históricas de la creación de Israel, sus fronteras, sus guerras o sus políticas.
El problema comienza cuando el término “sionista” se utiliza para recuperar los mismos mitos conspirativos que durante siglos se atribuyeron a los judíos.
Porque entonces ya no estamos hablando de una crítica política concreta.
Estamos hablando de otra cosa.
También resulta curioso que al sionismo se le exijan explicaciones que rara vez se exigen a otros movimientos nacionales. Durante los siglos XIX y XX numerosos pueblos buscaron construir Estados propios. Italianos, griegos, polacos, checos, serbios, árabes y muchos otros desarrollaron movimientos nacionales.
El pueblo judío hizo lo mismo.
Con una diferencia extraordinaria: llevaba casi dos mil años manteniendo la memoria de aquella tierra.
Eso no significa que la historia de Israel sea sencilla. No lo es. La historia de Oriente Próximo está llena de guerras, desplazamientos, decisiones políticas, intereses internacionales y tragedias humanas que no pueden explicarse con una sola frase.
Pero precisamente por eso conviene empezar utilizando correctamente las palabras.
Ser sionista no significa defender una guerra permanente.
No significa apoyar a un determinado Gobierno israelí.
No significa creer en una supuesta superioridad racial judía.
Y, desde luego, no significa pertenecer a una conspiración internacional.
Significa, en su sentido fundamental, defender una idea: que el pueblo judío tiene derecho a la autodeterminación y a tener un Estado en la tierra con la que mantiene una relación histórica, cultural y religiosa desde hace milenios.
Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con esa idea.
Lo que no deberíamos hacer es inventarnos su significado.
Porque cuando una palabra deja de describir una realidad y comienza a utilizarse para explicar todos nuestros prejuicios, ya no estamos intentando comprender la historia.
Estamos haciendo propaganda.





