Un regalo envenenado: la cesión de la Luisiana a España (3 de noviembre de 1762)

Spanish New Orleans
Tratado de Fontainebleau

A puerta cerrada, el 3 de noviembre de 1762, dos firmas —Choiseul y Grimaldi— levantaron un puente de papel entre Versalles y Madrid. Era un “acto preliminar” y, como todo lo que nace con condición, traía sombra. Francia cedía a Su Majestad Católica la Luisiana, incluida Nueva Orleans y la isla en que se asienta, con estas palabras:

…cede en plena propiedad pura y simplemente y sin excepción alguna a su Majestad católica… perpetuamente todo el país conocido con el nombre de la Luisiana, como también la Nueva Orleans y la isla en que se halla situada esta ciudad.

El propio Grimaldi dejó constancia de la cautela con una locución latina que cuesta pronunciar y más aún gobernar: sub spe rati. Aceptaba condicionalmente, a la espera de órdenes de Carlos III. Una fórmula jurídica que se usaba como seguro para el embajador de turno o diplomático. Un instrumento jurídico firmado sub spe rati no es vinculante hasta que sea ratificado por el soberano al que representa el firmante.

De esta firma vino cierta prudencia. No obstante, Carlos III ratificó a los diez días, Luis XV confirmó, y los despachos de ejecución pasaron a correr la carrera del Atlántico. La población se enteraría en 1764, no de golpe, sino con información difusa y poco a poco: cartas, insinuaciones, un rumor en los muelles, la noticia oficial en el despacho del gobernador d’Abbadie. Así nacen los malentendidos que luego crecen: al amparo del silencio.

Nada de aquello flotaba sin contexto. La Guerra de los Siete Años se estaba cerrando en París (1763) con un trueque monumental: Gran Bretaña estiraba su sombra al este del Mississippi y recibía Florida; España recobraba La Habana y Manila, y amarraba para sí la Luisiana occidental por el secreto de Fontainebleau. Tablero nuevo; piezas antiguas. Y al centro, Nueva Orleans, donde el río se hacía plaza.

Mapa español de 1817 de las Provincias Internas de Nueva España, que además de las mismas incluye a todo el territorio que fue parte de la Luisiana (o Luciana) española, si se amplia lo suficiente se pueden observar varias de las localidades y expediciones españolas en la Luisiana antes de 1803.

Prestigio en los mapas, costes en la plaza: anatomía de un “regalo envenenado”

Sobre los mapas, España pareció ganar un territorio inmenso (fijáos abajo en el mapa). La Luisiana unía el Golfo y el valle fluvial; Nueva Orleans era una bisagra entre río y océano. El prestigio se escribía en las crónicas diplomáticas: la Monarquía Hispánica mantenía su rango de potencia mundial, reforzaba su flanco occidental, cerraba el paso a la ambición inglesa.

Pero los títulos, cuando tocan suelo, piden administración, nómina, almacén y justicia. El “veneno” de aquel obsequio francés no residía en su grandeza territorial, sino en sus astillas: población dispersa, rentas modestas, comunicaciones difíciles, fronteras vivas y costumbre comercial hecha a la medida de otra Corona que ignoraba mucho más sus territorios ultramarinos. La Monarquía Hispánica no recibía una ciudad borgoñona ordenada por intendencias; recibía un río, con mercaderes francófonos, códigos a medio camino, privilegios nacidos al calor de la improvisación francesa y expectativas que no siempre encajaban con la norma hispánica.

También estaba la imprecisión del perímetro, que es el modo más sutil de heredar problemas. La palabra “Luisiana” no era una línea clara, sino un ámbito: ríos y orillas, fortines y parajes que pedían replanteo. Tras el secreto de Fontainebleau y la gran partición de París, cada cauce podía convertirse en párrafo diplomático; cada afluente, en nota verbal. El regalo era un paisaje por delimitar.

El comercio, por su parte, se ordenó bajo el sello de la Corona. La administración hispánica legisló puertos y tripulaciones con celo de Estado, para asegurar la jurisdicción y asentar la fiscalidad. Un compendio oficial y normativo que sonó a represión para quienes venían de otra rutina mercantil: el contrabando.

Para la calle, aquello significaba algo muy sencillo y muy hondo: nuevas llaves para las mismas puertas. Los cargadores empezaron a escuchar apellidos de Cádiz en los muelles; los corredores vieron licencias rubricadas con sellos de S. M. C.; los dueños de depósitos notaron que la contabilidad ya no se hacía con la misma música. Un orden más severo prometía seguridad jurídica; un orden más severo pedía tiempo, lealtad y costumbre. Pero muchos no quisieron aceptarlo.


1768–1769: la rebelión, la respuesta y el oficio de gobernar

Las tensiones tomaron cuerpo en 1768, cuando la élite mercantil francófona decidió que el silencio de 1762 se pagaba con ruido. Antonio de Ulloa, marino y sabio, llegó con prudencia y pocas bayonetas; su autoridad tropezó con la impaciencia y los intereses. La Rebelión de Luisiana lo empujó fuera de Nueva Orleans; la plaza quedó en la intemperie entre el título español y la costumbre francesa.

Estatua de Antonio de Ulloa en el Palacio de Fomento de Madrid, esculpida por José Alcoverro en 1899.
Estatua de Antonio de Ulloa en el Palacio de Fomento de Madrid, esculpida por José Alcoverro en 1899.

La Monarquía Hispánica respondió como se responde cuando hay que someter un levantamiento en una plaza: con un oficial y una orden.

Alejandro O’Reilly entró en agosto de 1769 con un ejército, barcos y órdenes claras. Restableció la soberanía, tomó posesión con la solemnidad que marcan los manuales de la Corona, refundó el cabildo, ordenó la milicia urbana y codificó la vida de la ciudad con lo que la posteridad recordará como “Código O’Reilly”.

Hubo, también, justicia ejemplar. Cinco cabecillas de la sublevación fueron ejecutados tras proceso; el mote de “Bloody O’Reilly” nacería de esa escena y sería exagerado por algunos al gusto de la propaganda negrolegendaria. Lo esencial, sin embargo, no fue el castigo, sino la restauración del orden: bandera, ley, capitanes y escribientes; contadores y jueces. La soberanía dejó de ser un papel en secreto para convertirse en rutina.

Desde ese día, la ciudad sonó más española. El tambor marcaba el paso de revista; el cabildo llenaba actas; los comerciantes aprendían las nuevas normas; la guarnición controlaba tierra, mar y el río. La “trampa” del obsequio francés empezaba a neutralizarse al calor del buen oficio español de gobierno.


Mercado, intendencias y frontera viva: el coste silencioso

Gobernar no es pintar retratos: es pagar raciones, arreglar puentes y saldar sueldos. Los gobernadores españoles en Luisiana hicieron cuentas: fletes, avituallamientos, habilitaciones, salarios de tropa y administración. El río traía barcazas, pero también demoras; los almacenes traían abasto, pero también quejas. La intendencia no luce en los cuadros, y a veces tampoco llena muchas páginas de Historia… pero salva vidas y ciudades.

El Cabildo de Nueva Orleans era la sede del gobernador español en Luisiana, notar en el actual edificio la síntesis de lo español (dos pisos con balcón corrido, arquerías de medio punto) y lo francés (techados con mansarda) y rematado todo el conjunto con una torreta cupulada de reminiscencias españolas.
El Cabildo de Nueva Orleans era la sede del gobernador español en Luisiana, notar en el actual edificio la síntesis de lo español (dos pisos con balcón corrido, arquerías de medio punto) y lo francés (techados con mansarda) y rematado todo el conjunto con una torreta cupulada de reminiscencias españolas.

La administración hispánica mantuvo lo eficaz y corrigió lo que perturbaba la paz. Respeto a la propiedad, garantía de cultos y continuidad de prácticas compatibles con la jurisdicción real: la bandera llegó para ordenar, no para imponer nada. El equilibrio —vigor en la implantación, legalidad en la costumbre— fue su sello.

Entre tanto, el mapa se cruzaba con la diplomacia. París, 1763, fijó un este británico; la Luisiana hispánica sostuvo el arco del Golfo y contuvo la penetración inglesa por el interior. Los comisarios discutían ríos y parajes; los ingenieros trazaban croquis; los capitanes leían los arenales.


De París (1763) a Aranjuez (1801): vigencia y caducidad del trofeo

La historia, que a veces camina, a veces galopa. Fontainebleau dio el título; O’Reilly dio la plaza; los años dieron la razón de Estado. España conservó la Luisiana occidental mientras le fue útil para amortiguar a Gran Bretaña, proteger la Nueva España y ordenar el comercio. Cuando las placas tectónicas cambiaron, la pieza también se movió.

En 1800, Madrid y París firmaron en secreto el Tercer Tratado de San Ildefonso; en 1801, Aranjuez selló la retrocesión de la Luisiana a Francia a cambio de compensaciones en Toscana. La Corona se desprendía de una joya ya pulida. Poco después, la Francia napoleónica vendería Luisiana a los Estados Unidos; el Mississippi cambió de bandera como cambian los ríos de rumbo cuando la historia les empuja con un dique.

¿Significa eso que el “regalo” fue sólo carga? No. Significa que el obsequio francés tenía sentido en una coyunturala del equilibrio atlántico tras la gran guerra— y dejó de tenerlo cuando el tablero giró… aunque nos pese, porque significó también la merma del Imperio Español. Es por esto que muchos historiadores dicen que la Monarquía Hispánica hizo lo que debía: recibió, ordenó, pacificó, administró y negoció la salida con honor y provecho diplomático.


El ángulo hispano: honra, ley y oficio

Quien reduce Luisiana a un episodio menor, olvida que aquí se habló el idioma clásico de la Monarquía: honra, ley y oficio. Honra al aceptar el encargo estratégico de la familia borbónica; ley al implantar la jurisdicción real en una plaza compleja; oficio al gestionar el día a día sin perder de vista el norte mayor de la Nueva España y del Golfo.

La figura de O’Reilly —tan citada por lo sonoro del apodo que le endosaron— merece, más que morbo, gratitud histórica. Reinstaló el Estado donde había desorden, tipificó la convivencia, dio seguridad a vecinos y mercaderes y hizo visible el título de 1762. El resto —la leyenda y sus adjetivos— es literatura sin archivo.

Luisiana fue, para España, una escuela acelerada de nueva frontera: vino con veneno, sí —imprecisiones, inercias, resistencias—, y se curó con mando y tinta.


Fuentes:

comparte la noticia
X
Facebook
Threads

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *