El 9 de junio del año 68 d. C., el emperador Nerón puso fin a su vida en una villa situada a las afueras de Roma. Abandonado por la Guardia Pretoriana, declarado enemigo público por el Senado y sin apenas apoyos políticos, el último representante de la dinastía Julio-Claudia comprendió que su destino estaba sellado.
Según las fuentes clásicas, incapaz de reunir el valor necesario para suicidarse por sí mismo, recibió ayuda de su secretario Epafrodito para clavarse un puñal en la garganta. La tradición le atribuye unas últimas palabras que han pasado a la historia: «¡Qué gran artista muere conmigo!». No obstante, como ocurre con muchos episodios de su vida, los historiadores dudan de que la frase fuera realmente pronunciada y consideran que pudo tratarse de una elaboración literaria posterior.
Con su muerte concluyó la dinastía fundada por Augusto y comenzó una guerra civil conocida como el Año de los Cuatro Emperadores, una de las mayores crisis políticas de la Roma imperial.
El origen de la mala fama de Nerón
Pocas figuras históricas han acumulado una reputación tan negativa como la de Nerón. Durante siglos ha sido presentado como un déspota cruel, un asesino de familiares, un perseguidor de cristianos y un gobernante extravagante que contempló impasible el incendio de Roma mientras tocaba la lira.
Sin embargo, la imagen que ha llegado hasta nuestros días depende en gran medida de las fuentes escritas por sus enemigos políticos o por autores que vivieron décadas después de su muerte.
Los principales relatos sobre Nerón proceden de historiadores como Tácito, Suetonio y Dión Casio. Todos ellos escribieron bajo dinastías posteriores y pertenecían a círculos sociales próximos al Senado, institución con la que el emperador mantuvo una relación conflictiva durante buena parte de su reinado.
Tras la caída de Nerón, los nuevos gobernantes tenían interés en presentar al último emperador julio-claudio como un ejemplo de corrupción y tiranía para legitimar el cambio de régimen. Esta circunstancia obliga a los historiadores modernos a examinar con cautela muchas de las acusaciones que aparecen en las fuentes antiguas.
Entre la realidad y la propaganda
Esto no significa que Nerón fuera un gobernante inocente o ejemplar. Está ampliamente aceptado que ordenó la muerte de varios rivales políticos y que estuvo implicado en el asesinato de su madre, Agripina. También parece indiscutible que gobernó de forma cada vez más autoritaria durante los últimos años de su mandato.
No obstante, algunos de los episodios más famosos de su biografía presentan serias dudas. El caso más conocido es el del gran incendio de Roma del año 64. La imagen popular de Nerón tocando la lira mientras la ciudad ardía carece de una base histórica sólida. Las fuentes más fiables indican que el emperador se encontraba fuera de Roma cuando comenzó el incendio y regresó a la capital al conocer la noticia.
Asimismo, numerosos relatos sobre supuestas orgías, excentricidades o conductas extravagantes encajan perfectamente en las campañas de desprestigio político habituales en el mundo romano. La difamación de los adversarios mediante acusaciones sexuales o comportamientos inmorales era una práctica frecuente en la lucha por el poder.
La tradición cristiana también contribuyó a reforzar su mala imagen. La persecución de cristianos tras el incendio de Roma convirtió a Nerón en una figura especialmente odiada por los autores cristianos, algunos de los cuales llegaron a identificarlo con el Anticristo o con un precursor de éste.
Un emperador más complejo de lo que parece
La investigación histórica de las últimas décadas ha ofrecido una visión más matizada del personaje. Muchos especialistas consideran que Nerón fue un gobernante autoritario y vanidoso, pero también destacan que gozó de una notable popularidad entre amplios sectores del pueblo romano.
A diferencia de la aristocracia senatorial, las clases populares apreciaban sus espectáculos, sus iniciativas culturales y algunas medidas económicas. De hecho, tras su muerte aparecieron varios impostores que afirmaban ser el emperador superviviente y lograron reunir seguidores, algo difícilmente compatible con la idea de un gobernante universalmente detestado.
Dos mil años después de su muerte, Nerón sigue siendo una de las figuras más controvertidas de la historia de Roma. Probablemente no fue el monstruo absoluto que describieron sus enemigos, pero tampoco el gobernante inocente que algunos intentan rehabilitar. Como ocurre con otros personajes históricos derrotados, la verdad parece encontrarse en algún punto intermedio entre los hechos y la propaganda.





