Cada 19 de julio, Bailén recuerda una de las jornadas más decisivas de la Guerra de la Independencia: la batalla que en 1808 detuvo por primera vez el avance del ejército napoleónico en Europa. Entre los nombres de generales y estrategas que protagonizan los libros de historia, sobrevive también el de una mujer del pueblo cuya hazaña, entre la leyenda y la memoria popular, terminó grabada para siempre en el escudo de la ciudad: María Bellido.
Quién fue María Bellido
María Inés Juliana Bellido Vallejos nació en Porcuna (Jaén) el 28 de enero de 1755 y murió en 1809, apenas unos meses después de la batalla que la hizo legendaria. Conocida popularmente como «la Culiancha», se había trasladado a Bailén tras casarse con Luis Domingo Cobo Muela, vendedor de alfarería natural de esa localidad, un oficio no del todo ajeno al objeto que la haría famosa: un cántaro.
El cántaro que se cruzó en la batalla
El 19 de julio de 1808, con temperaturas cercanas a los 45 grados, las tropas españolas al mando del general Teodoro Reding se enfrentaban al ejército francés del general Dupont en los alrededores de Bailén. Como otras mujeres del pueblo, María Bellido se sumó a la contienda en un papel tan modesto como vital: el de aguadora, encargada de acercar agua a los soldados que combatían bajo el sol abrasador.
La tradición cuenta que, en pleno ataque, subió hasta el puesto de mando cargada con su botija para ofrecer de beber al propio general Reding. En el instante en que alzaba la vasija, una bala la atravesó y la rompió. Lejos de amedrentarse, María Bellido recogió el pedazo de cántaro donde aún quedaba algo de agua y se lo tendió al general, que elogió su valor y su entrega y prometió recompensarla.
De la leyenda al escudo de la ciudad
Aquel gesto quedó fijado en la memoria colectiva como símbolo de la resistencia popular durante la batalla. Desde entonces, la imagen de un cántaro agujereado del que mana agua pasó a representar a Bailén, y en 1927 se incorporó de forma oficial al escudo de la ciudad, donde permanece hoy como recordatorio de aquella jornada y de la heroína anónima que, según la leyenda, la protagonizó.
La historia de María Bellido se sitúa en ese terreno intermedio entre el hecho histórico y la tradición popular, propio de muchos relatos que surgen alrededor de las grandes batallas. Pero más allá de su exactitud documental, su figura sigue cumpliendo la función que las leyendas cumplen mejor: dar rostro y nombre propio al esfuerzo silencioso de quienes, sin empuñar un arma, también sostuvieron la victoria.





