El Dos de Mayo de 1808: el alzamiento del pueblo de Madrid

Dos de Mayo
Dos de Mayo

El Dos de Mayo de 1808, día terrible, si bien glorioso para el heroico pueblo madrileño, en representación del pueblo español, fecha que ocupará en toda época un aparte en la historia del mundo, se agolpó a partir de las ocho y media de la mañana mucha gente enfrente del Palacio Real. La víspera se había divulgado la próxima salida de los infantes y el pueblo confirmó la noticia al distinguir en la puerta del palacio tres coches que los esperaban para llevárselos lejos. En el primero de ellos subió la reina de Etruria (María Luisa de Borbón) con sus hijos, cuya marcha presenció la gente con indiferencia por considerarla ya una princesa extranjera y por sus veleidades con Joaquín Murat. Supuso la gente plena de recelo, desconcierto y coraje, que los otros dos coches serían los portadores de los infantes don Antonio y don Francisco de Paula, entonces todavía niño. Aparecieron algunos criados de palacio diciendo que el infante don Francisco lloraba desconsolado porque se lo querían llevar, momento en que se desbordo el dolor y la rabia, aumentada con furor de venganza al presentarse un ayudante de Murat para agilizar el proceso.

El estallido de la revuelta

El maestro cerrajero José Blas Molina Soriano grita ¡traición! e inicia la revuelta popular; un pequeño grupo irrumpe en las habitaciones de Palacio donde aún permanece el infante. Mal lo pasó el comisionado general Lagrange rodeado de ira, y de peor fue librado por la intervención de un batallón con tres cañones enviado por el avisado Murat. La artillería descargó sobre la multitud sin intimidación previa, causando una docena de bajas entre muertos y heridos de consideración. Gritos y carreras para escapar de la metralla e informar al resto de Madrid de lo que sucedía y a tantos afectaba. «¡Que nos los llevan!», exclamaba una voz femenina.

Al poco se había levantado el pueblo de Madrid en masa y con valor absoluto, pero anárquicamente e insuficientemente armado para oponerse con eficacia. En seguida se organizaron partidas mandadas «por gente de toda condición», resueltos a todo, incluso a socorrer a los franceses acosados y que no podían escapar. Guiados por el instinto y la necesidad de sobreponerse a los sucesos, arreciaron y se prodigaron las acometidas contra loa francesada, dirigiéndose en tropel hacia el centro de la capital, ocupando la Puerta del Sol y las calles inmediatas donde, lo mismo que en otros puntos, murieron o fueron hechos prisioneros muchos franceses. Pero la heroica defensa de los enclaves más significados de acceso y salida de la capital fueron tomados por el disciplinado enemigo; así las puertas de Toledo, San Vicente y la de Los Pozos (Glorieta de Bilbao en la actualidad).

En las puertas de La Paloma y de San Cayetano, lucharon con denuedo y derroche de valor contra las Águilas imperiales un grupo de mujeres denominadas «las manolas».

Debe recordarse que el Capitán General de Madrid, Francisco Javier Negrete, de quien dependía la tropa en la capital y, por ende, la defensa de la misma de cualquier invasión, decidió «abstenerse» de intervenir ordenando el acuartelamiento de todos los efectivos militares, favoreciendo de esta manera el propósito napoleónico.

La lucha en las calles y el avance francés

El historiador Juan Pérez de Guzmán y Gallo narra los primeros compases de la lucha en Madrid en su obra El 2 de Mayo:
«El Retiro, los cuarteles del Pósito y de la calle de Alcalá dieron un contingente [francés] de tres mil hombres de a caballo, que por esta misma calle y la Carrera de San Jerónimo avanzaban a toda brida, extendidos en anchos escuadrones que llenaban de acera a acera hasta la Puerta del Sol. De la Casa de Campo subieron por la calle y Puente de Segovia cuatro mil infantes; dos mil coraceros de los Carabancheles [el Alto y el Bajo] entraron sobre los cadáveres de las manolas por la Puerta de Toledo, corriéndose algunos hasta el Portillo de Embajadores. De El Pardo y Puerta de Hierro subieron por la Puerta de San Vicente otros cuatro mil infantes. Del Convento de San Bernardino entraron en dos columnas otros seis mil hombres. Al tiempo que se realizaban estos movimientos, el lugarteniente imperial [Murat] comunicaba a la Junta sus deseos en forma de ultimátum de que: toda reunión se disperse, bajo pena de ser exterminados, que todo individuo que sea aprehendido en una de estas reuniones sea inmediatamente pasado por las armas».

Sorprendida por la reacción popular, la hueste invasora adoptó la drástica medida de acabar a sangre y fuego con la revuelta en su contra. Avanzando por la Carrera de San Jerónimo y por la calle de Alcalá, la tropa a pie del coronel Fréderic y la montada del general Grouchy dispersaron a los españoles con andanadas mortales e impetuosas cargas de caballería. Sin embargo, siguió el pueblo soliviantado presto a la defensa de su honor e idea; algunos, individuales o agrupados en el cometido, esperaban serenamente la visión del enemigo para abatirlo; otros, en cambio, y animados del mismo espíritu y valor, optaron por el ímpetu arrojándose en medio de sus filas a sabiendas de un destino de muerte que podía también arrebatar la vida que osaba mancillar el suelo ajeno; otros se apostaban en las esquinas y balcones disparando con acierto.

Hubo un grupo que ordenado se dirigió al Barrio de las Maravillas con intento de sacar los cañones del Parque de Artillería de Monteleón, sabedores de que los artilleros, infantes y granaderos de Marina resistían el embate francés. La tropa española se hallaba metida en los cuarteles por orden de la Junta de Gobierno, pese al ardor combativo que dominaba en la mayoría de los acantonados; esta misma obediencia castrense contenía a los artilleros para no acceder a las demandas de los paisanos. La pugna entre la obediencia al mando y la defensa de la libertad de la patria traía en jaque a los dispuestos a tomar las armas y disparar los cañones.

El Parque de Monteleón y el sacrificio final

Hasta que rompió la perplejidad imperante la noticia, divulgada como reguero de pólvora, de que los franceses habían atacado un cuartel. Entonces la reacción fue unánime: era inaceptable tal agresión extranjera. Los militares españoles colocaron tres piezas fuera del parque, con los capitanes de Artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde y el teniente de Infantería Jacinto Ruiz, junto a otras fuerzas que se unieron a la lucha contra los napoleónicos.

Luis Daoiz tomó el mando por antigüedad en el empleo, y desobedeciendo a conciencia y razón superior la orden del general Negrete, entregó armas a los chisperos y manolas que llegaban encendidos desde la Puerta del Sol. No tardó en aparecer ante los cañones una fuerte columna enemiga, que recibió en su seno las certeras descargas; como recibió en el suyo la aguerrida e improvisada tropa española el acierto de los fusiles enemigos. Duró el combate mientras las bajas españolas lo soportaron; pero cayó muerto el capitán Velarde y herido el capitán Daoiz, y poco más podía oponerse salvo el deponer las armas ante un ejército que avanzaba para rematar a los heridos y aniquilar la heroicidad de los artilleros y paisanos.

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