«Yo, doña Isabel, por la gracia de Dios, reina de Castilla, de León, de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarbe, de Algeciras y de Gibraltar, señora de Vizcaya y de Molina, tomo y recibo desde ahora el cargo y la gobernación de estos reinos y señoríos».
Con estas palabras, Isabel de Castilla dejó clara una idea fundamental: no esperaba ser reconocida como reina, ejercía ya como tal. Frente a una visión simplificada de la historia, Isabel no fue proclamada reina por otros. Ella misma se proclamó reina, mediante un acto consciente, inmediato y plenamente soberano.
La escena tuvo lugar en el atrio de la iglesia de San Miguel de Segovia, a escasos cien metros del Alcázar, el 13 de diciembre de 1474, apenas un día después de conocerse en la ciudad la muerte de su medio hermano, el rey Enrique IV, fallecido en Madrid. No hubo tiempo para deliberaciones ni para equilibrios frágiles. Isabel comprendió que, en política, quien actúa primero gobierna el relato.
El tiempo como enemigo
Isabel sabía que el tiempo jugaba en su contra. La convocatoria de Cortes habría abierto un escenario incierto y peligroso. Su sobrina Juana “la Beltraneja”, hija de Enrique IV, podía disputar el trono con el respaldo de una parte de la alta nobleza y de poderosos aliados extranjeros, especialmente Portugal, como efectivamente ocurrió más adelante. Cada jornada de espera debilitaba la legitimidad práctica de Isabel y fortalecía a sus adversarios.
Por ello optó por una estrategia clara: la política de los hechos consumados. No se trataba de improvisación, sino de cálculo. Isabel se encontraba en Segovia, una ciudad clave del reino, no solo por su peso simbólico, sino porque en su Alcázar se custodiaba el tesoro real, elemento esencial para ejercer el poder efectivo.
La ceremonia del poder
Antes de proclamarse reina, Isabel organizó las exequias solemnes por el monarca fallecido, cumpliendo con el ritual debido. Inmediatamente después, sin transición, llegó el acto decisivo: su propia proclamación como reina de Castilla. Con ello vinculaba continuidad dinástica y autoridad política en un mismo gesto.
Isabel apareció vestida de luto, como correspondía, pero rodeada de una pompa inequívocamente regia. No compareció como una heredera a la espera de confirmación ni como una candidata sometida a consenso. Compareció como una soberana que ya ejercía el poder y exigía obediencia.
La espada de la justicia
Delante de ella, el noble Gutiérrez de Cárdenas portaba la espada de la justicia, desenvainada. El símbolo era rotundo. En la tradición castellana, la espada representaba el ejercicio de la justicia suprema, atributo exclusivo del monarca. Aquella espada, con la hoja desnuda, anunciaba visualmente lo que el acto proclamaba jurídicamente: el poder ya tenía dueña.
Tras la declaración de Isabel, el pregón recorrió Segovia proclamando en voz alta:
«¡Castilla, Castilla, Castilla por la reina doña Isabel, nuestra señora!»
Isabel se presentó como reina propietaria y señora natural de Castilla. No mencionó a Fernando ni compartió la soberanía. Fernando sería reconocido después como rey, pero por acuerdo político, no por derecho sucesorio.
Isabel no fue elevada al trono.
Lo tomó.





