El monasterio de San Juan de la Peña, encajado bajo un enorme risco en la sierra de la Peña, en Huesca, ha vuelto estos días a las portadas por el incendio de Las Peñas de Riglos, que llegó a cercar el edificio sin dañar su estructura. La amenaza del fuego ha recordado a muchos que este cenobio no es solo un paraje espectacular, sino uno de los conjuntos monásticos con más peso simbólico de toda España: la tradición lo señala como cuna del Reino de Aragón y durante siglos fue panteón de sus primeros reyes.
Del eremitorio legendario al gran monasterio real
El origen del lugar se pierde entre la historia documentada y la leyenda. Según el relato tradicional, en el siglo VIII un noble llamado Voto perseguía a un ciervo cuando cayó por un precipicio en el monte Pano; salió ileso y, al explorar la zona, encontró una cueva con una ermita dedicada a San Juan Bautista y el cuerpo del ermitaño Juan de Atarés. Impresionado, decidió quedarse a hacer vida eremítica junto a su hermano Félix. La leyenda añade que, reunido allí un grupo de cristianos, proclamaron caudillo a Garci Ximénez, episodio que la tradición aragonesa vincula al origen mismo del reino.
La documentación histórica es más prudente sobre los motivos exactos de la fundación, pero confirma el asentamiento de eremitas en la zona ya en época altomedieval y la construcción, en el siglo X, de una pequeña iglesia prerrománica dedicada a San Julián y Santa Basilisa, germen del futuro monasterio. El verdadero despegue llegó en el siglo XI, cuando los reyes de Pamplona y los condes de Aragón empezaron a favorecer al cenobio con donaciones. Bajo el impulso de Sancho III el Mayor (1004-1035) el monasterio se reorganiza y se refuerza, y ya con Sancho Ramírez (1063-1094) alcanza su mayor protagonismo político y religioso, siendo elegido panteón de los reyes de Aragón. En 1071 el propio Sancho Ramírez sustituyó el rito litúrgico mozárabe por el rito romano, un cambio que arrancó precisamente en San Juan de la Peña antes de extenderse al resto del reino. La iglesia alta, mandada construir por este monarca, se consagró en 1094, seis meses después de su muerte, en presencia de su hijo Pedro I.

Panteón real, claustro románico y leyenda del Grial
En el llamado monasterio viejo, construido en dos plantas aprovechando el abrigo natural de la roca, se sitúa el Panteón Real, donde reposaron durante cinco siglos monarcas de Aragón y Navarra. Allí descansan los tres primeros reyes aragoneses: Ramiro I, Sancho Ramírez y Pedro I, además de otros miembros de la familia real y nobles como el X conde de Aranda, último noble enterrado en el recinto. El aspecto actual del panteón, con bronces, mármoles y relieves de escenas bélicas, data del siglo XVIII, cuando se remodeló en estilo neoclásico bajo el patrocinio de Carlos III. El conjunto se completa con dos iglesias superpuestas, la inferior mozárabe y la superior románica, y con un claustro del siglo XII cuyos capiteles tallados narran episodios del Génesis y de la vida de Cristo, considerado una de las joyas del románico aragonés.
Un incendio en 1675 dañó gravemente el panteón y llevó a los monjes a abandonar el emplazamiento original para construir, ya en 1705, el monasterio nuevo, un kilómetro y medio monte arriba. Ambos conjuntos quedaron abandonados a mediados del siglo XIX y fueron rehabilitados con posterioridad; hoy la iglesia del monasterio nuevo alberga el Centro de Interpretación del Reino de Aragón. San Juan de la Peña fue además parada del Camino de Santiago en su variante aragonesa, y en torno a él creció la leyenda que identifica su cáliz con el mismo que, según la tradición, Alfonso V de Aragón entregó en 1438 a la Catedral de Valencia y que hoy se venera como el Santo Cáliz.
Que un incendio forestal haya puesto en jaque, más de tres siglos después del fuego de 1675, a este mismo lugar, da una medida de lo que estos días ha estado en juego para el patrimonio aragonés.





