España y el hilo rojo de la historia: del campo de batalla al terreno de juego

El Rojo y la selección española de Fútbol
El Rojo y la selección española de Fútbol

Existe una profunda e histórica vinculación de España con el color rojo. Mucho antes de la aparición de las normativas militares modernas y de la estandarización de los uniformes reglamentarios, el rojo ya se había consolidado como el emblema cromático indiscutible que distinguió a los soldados españoles en los campos de batalla europeos durante siglos.

El distintivo de la Monarquía Católica y el aspa de San Andrés

Inmersos en el caos de las contiendas de los siglos XVI y XVII, ante la urgente necesidad de diferenciarse de enemigos como los franceses, ingleses u holandeses, los combatientes de la Monarquía Católica adoptaron una solución tan práctica como visible: portar una banda roja cruzada sobre el cuerpo o un brazalete de ese mismo color anudado en el brazo. Esta marca de identidad combativa se complementaba en la vanguardia con el despliegue de las banderas que portaban la Cruz de Borgoña o de San Andrés. Más allá de su obvia función militar, esta aspa poseía una honda carga teológica: el rojo de la cruz representaba la sangre del martirio del apóstol, dotando a las tropas de un fuerte sentido de trascendencia en el combate.

El nacimiento de la camiseta nacional en Amberes y la «Furia»

A pesar de este arraigado antecedente bélico, el rojo de la camiseta de la selección nacional de fútbol de España responde a un origen estrictamente civil y deportivo. Su nacimiento se sitúa en 1920, con motivo de la participación española en los Juegos Olímpicos de Amberes. El entonces presidente del Comité Olímpico Español, Gonzalo de Figueroa y Torres (conde de Romanones), junto a los directivos de la recién nacida Federación Española de Fútbol, decidieron la indumentaria oficial. El diseño definitivo consistió en una camiseta roja, un pantalón blanco —que posteriormente pasaría a ser azul— y un león rampante amarillo bordado en el pecho, un indiscutible homenaje a la sede de los Juegos y al antiguo ducado de Brabante.

La elección de la tonalidad no obedeció a razones místicas ni a una reivindicación explícita de los antiguos combatientes, sino a criterios puramente prácticos y estéticos. Se buscaba plasmar un color de la bandera nacional que resultase vistoso en el terreno de juego; dado que el amarillo de la época era textilmente difícil de confeccionar y desteñía con extrema facilidad, el rojo se erigió como la opción más lógica, económica y perdurable.

La trayectoria de esta indumentaria sufrió una obligada interrupción tras la Guerra Civil, cuando el color de la camiseta se cambió al azul bajo la premisa de que el rojo se asociaba directamente a la ideología del Frente Popular. No fue hasta 1947 cuando el general Moscardó, en su condición de delegado nacional de Deportes, decretó oficialmente la vuelta a la clásica camiseta roja. Fue precisamente en esa misma época de posguerra cuando el célebre periodista Matías Prats padre popularizó de forma definitiva el término “La Furia Roja”. Con este apelativo, el locutor rescataba el viejo apodo que la prensa holandesa había acuñado en 1920 para definir el juego impetuoso del conjunto español; un calificativo que, de manera inconsciente pero poética, evocaba el trágico «Saqueo de Amberes» perpetrado por los Tercios en 1576.

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