En el castillo de Algars, en Batea (Tarragona), la piedra ha devuelto una señal antigua. Un equipo de arqueólogos ha localizado dos estelas ibéricas datadas entre los siglos III y I a. C. que habían sido reaprovechadas como elementos constructivos dentro de la edificación medieval del siglo XIII.
El hallazgo confirma una presencia humana anterior a la fortaleza. Las estelas, integradas en la obra, actúan como testimonio material de un asentamiento previo a la época medieval, un rastro que quedó sellado en la propia arquitectura.
La noticia llega avalada por el Departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña. La información oficial sitúa la pieza en un marco claro: cultura ibérica del sur del Ebro, símbolos reconocibles y un contexto arqueológico que abre nuevas líneas de investigación.

Una intervención arqueológica en el Castell d’Algers, en Batea (Tarragona), ha descubierto fragmentos de dos estelas ibéricas reaprovechadas como material constructivo en la edificación medieval del siglo XIII.
Estelas ibéricas en el castillo de Algars: cuando un castillo del siglo XIII guarda un paisaje más antiguo
La elección del lugar nunca es inocente en el tiempo largo. La colina del castillo domina el entorno y organiza el paso, el horizonte, la distancia. Ese control visual y territorial explica que distintas comunidades eligieran el mismo punto para dejar su huella, aun sin conocerse entre sí.
La fortaleza del siglo XIII incorporó materiales que ya estaban cargados de significado. El reaprovechamiento, frecuente en la construcción histórica, convirtió piezas de memoria en piezas de muro. La piedra, útil por su forma y resistencia, entró en la obra con una nueva función, mientras sus grabados quedaban ocultos.
El Departamento de Cultura lo formula con precisión: “Su reutilización en época templaria es un valioso testimonio arqueológico de la superposición cultural y del reciclaje de elementos con significación ancestral”. Esa frase, literal, resume el corazón del hallazgo: capas de tiempo apiladas sin ruido.
Cinco puntas de lanza grabadas: símbolos ibéricos en arenisca
Las dos estelas son de piedra arenisca y presentan un motivo directo y contundente. En su superficie se distinguen cinco puntas de lanza dispuestas simétricamente y alineadas, un lenguaje visual que no necesita traducción para impresionar al visitante.
El comunicado apunta a su posible función original. Las estelas “podrían haber formado parte de un espacio ritual o funerario” en los alrededores del castillo, lo que sitúa el descubrimiento dentro de un paisaje simbólico en el que la muerte, el prestigio y la identidad comunitaria se marcaban en piedra.
La fuerza del motivo está en su claridad. Las lanzas, repetidas y ordenadas, hablan de un código compartido entre los pueblos ibéricos del sur del Ebro. Al aparecer dentro de un edificio medieval, ese código queda expuesto en un lugar inesperado, y el contraste temporal refuerza su potencia narrativa.

“Este hallazgo es excepcional”: lo que abre el descubrimiento para la arqueología
La singularidad del contexto importa tanto como la pieza. Pere Rams Folch, codirector de las excavaciones, lo expresa con una valoración que resume el alcance: “Este hallazgo es excepcional, tanto por su singularidad como por el contexto arquitectónico en el que han sido localizadas, y abre una nueva ventana al conocimiento de la cultura ibérica y sus relaciones con el mundo simbólico”.
Esa “ventana” tiene dos hojas. Una hoja mira hacia el castillo medieval y su historia constructiva; la otra se abre hacia el territorio ibérico, hacia el lugar donde esas estelas tuvieron sentido antes de convertirse en material reaprovechado. El muro deja de ser un cierre y pasa a ser un documento.
La excavación, además, gana un hilo de continuidad. La presencia de estas estelas permite trabajar con hipótesis más sólidas sobre ocupación anterior, espacios rituales cercanos y dinámicas de reutilización. El hallazgo no cierra un relato: lo empuja hacia nuevas campañas y nuevas preguntas.
Del castillo al museo: conservación, estudio y restauración
Las estelas serán trasladadas al Museo de las Terres de l’Ebre, en Amposta. El objetivo es claro: conservación y estudio detallado, con condiciones adecuadas para su análisis, documentación y futura exposición.
Mientras tanto, el equipo arqueológico continuará los trabajos en el enclave. La intervención no se limita a extraer piezas: también ordena el espacio, revisa fases constructivas y delimita áreas de interés. Cada jornada de excavación añade datos al mapa invisible del lugar.
La restauración del castillo y la sacristía acompañará este proceso. En esa convivencia entre arqueología y obra patrimonial, la piedra vuelve a tener protagonismo. Y, cuando el sol cae sobre el muro, queda la imagen final: unas lanzas grabadas, alineadas, emergiendo del silencio, recordando que el territorio guarda memoria incluso cuando parece haberse olvidado de ella.





