A principios de agosto de 1526, en algún punto perdido del océano Pacífico, fallecía Juan Sebastián Elcano. Cuatro años antes había regresado a Sanlúcar de Barrameda al mando de la nao Victoria, culminando la primera vuelta al mundo. Sin embargo, el marino de Guetaria no quiso descansar sobre su gloria: volvió a embarcarse para afrontar una nueva expedición hacia las islas Molucas.
La empresa, dirigida inicialmente por García Jofre de Loaísa, partió de La Coruña en julio de 1525 con siete naves. El objetivo era alcanzar la Especiería y defender los intereses de la Monarquía Hispánica frente a Portugal. Pero el océano convirtió pronto la expedición en una lucha por la supervivencia. Tempestades, naufragios, separaciones y enfermedades fueron diezmando a sus hombres.
En julio de 1526, Elcano, debilitado y consciente de la gravedad de su estado, otorgó testamento a bordo de la Santa María de la Victoria. Poco después murió Loaísa y el navegante que había completado la circunnavegación asumió el mando de la expedición. Apenas pudo ejercerlo durante unos días.
Andrés de Urdaneta, testigo de aquella travesía, dejó escrita una escueta frase que atravesaría los siglos: «Lunes a seis de agosto, falleció el magnífico señor Juan Sebastián Elcano». La causa más probable fue el escorbuto, una enfermedad provocada por la falta prolongada de alimentos frescos que estaba causando estragos entre la tripulación.
Su cuerpo fue entregado al océano, lejos de España y sin una tumba que pudiera guardar sus restos. El hombre que había rodeado por primera vez el planeta encontró así su sepultura en el mismo mar que le había concedido la inmortalidad.
Elcano no murió retirado ni contemplando los honores recibidos. Murió navegando, persiguiendo nuevamente el horizonte, fiel hasta el último al lema que Carlos I concedió a su escudo: “Primus circumdedisti me”, tú fuiste el primero que me rodeaste.





