La propuesta de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, de dejar de llamar Paso de Cortés al histórico puerto de montaña situado entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl ha abierto una nueva polémica sobre la relación de México con su pasado. Durante la Jornada Nacional de Reforestación celebrada el 9 de agosto en Puebla, la mandataria propuso sustituir la denominación por Paso de los Pueblos Indígenas, argumentando que aquellos pueblos transitaban por la zona mucho antes de la llegada de Hernán Cortés.
El argumento parte de un hecho cierto: el lugar tenía importancia comercial, ritual y estratégica antes de 1519. Arqueología Mexicana recoge que era conocido como Cuauhíchcac, el «tajón del águila», y recuerda que Cortés atravesó aquel corredor montañoso con más de 4.000 hombres en noviembre de 1519, durante su marcha desde Cholula hacia México-Tenochtitlan.
Sin embargo, reconocer la profundidad de la historia prehispánica no exige borrar los nombres surgidos de acontecimientos posteriores. Un topónimo histórico no constituye necesariamente un homenaje moral a la persona que menciona. Con frecuencia funciona como una huella que permite recordar dónde ocurrió un episodio decisivo. El Paso de Cortés se llama así precisamente porque el tránsito de aquella expedición por la Sierra Nevada quedó asociado durante siglos a uno de los acontecimientos que transformaron para siempre la historia de México.
Además, presentar aquel episodio únicamente como una confrontación entre Cortés y «los pueblos indígenas» simplifica una realidad mucho más compleja. La conquista de México-Tenochtitlan no fue protagonizada exclusivamente por unos centenares de españoles frente a un bloque indígena homogéneo. Tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos mesoamericanos establecieron alianzas con Cortés contra la Triple Alianza. El propio Instituto Nacional de Antropología e Historia recuerda que los tlaxcaltecas pactaron con los españoles para combatir a un imperio mexica con el que mantenían una profunda rivalidad.
Por eso, sustituir Paso de Cortés por la denominación genérica Paso de los Pueblos Indígenas puede terminar haciendo justo lo contrario de lo que pretende: reducir una historia plural a dos bandos simples y borrar matices esenciales.
Si se quisiera recuperar un nombre prehispánico, existiría al menos un debate histórico y filológico legítimo sobre las denominaciones anteriores documentadas. Pero reemplazar un topónimo de cinco siglos por una fórmula contemporánea responde más a una reinterpretación política del pasado que a su conservación.
La historia no necesita ser cómoda para merecer ser recordada. Preservar un nombre no obliga a glorificar a Cortés; obliga, sencillamente, a explicar qué ocurrió allí. Y explicar la historia suele ser más útil que rebautizarla.





