La polémica ha vuelto a demostrar una realidad que muchos se resisten a aceptar: a veces una simple gorra dice más sobre el estado de un país que cientos de discursos parlamentarios.
Cuando Ferran Torres apareció durante las celebraciones del Mundial con una gorra roja en la que podía leerse Make Spain Great Again, la reacción fue inmediata. Para unos era una provocación. Para otros, una adhesión al universo político de Donald Trump. El debate se centró en la estética del mensaje, pero muy pocos se detuvieron a analizar lo verdaderamente importante: por qué ese lema conecta cada vez con más españoles.
Porque, al margen de su origen estadounidense, Make Spain Great Again expresa una sensación que se extiende entre una parte creciente de la sociedad: la percepción de que España atraviesa un profundo proceso de deterioro institucional, político y moral.
Muchos ciudadanos sienten que el país vive instalado en una crisis permanente. Ven cómo los escándalos de corrupción se suceden, cómo la desconfianza hacia las instituciones aumenta y cómo los grandes problemas nacionales parecen quedar relegados por una política cada vez más centrada en la confrontación y la propaganda.
A ello se suma la percepción de una creciente limitación del debate público. Cada vez son más quienes consideran que expresar determinadas opiniones tiene un coste personal, profesional o mediático. No se trata únicamente de la libertad de decir algo, sino de la sensación de que determinadas posiciones son rápidamente estigmatizadas antes incluso de ser discutidas.
Ese malestar también se alimenta de la forma en que muchos ciudadanos perciben la gestión de acontecimientos recientes. Los incendios forestales, los casos de corrupción, el accidente ferroviario de Adamuz o la crisis migratoria vivida en Ceuta han sido interpretados por una parte de la sociedad como ejemplos de una respuesta política insuficiente o desconectada de las preocupaciones reales de la población. En el caso concreto de Ceuta, muchas personas consideran que la magnitud de lo ocurrido fue minimizada desde determinados ámbitos políticos y mediáticos, mientras las imágenes difundidas desde la ciudad transmitían una sensación muy distinta.
Pero el problema va mucho más allá de la gestión de una crisis concreta.
Existe una creciente inquietud sobre la identidad nacional y el futuro cultural de España y, por extensión, de Europa. Cada vez más ciudadanos consideran que las raíces históricas, culturales y religiosas que dieron forma a nuestra civilización son tratadas con indiferencia cuando no con abierto desprecio. Mientras tanto, otras identidades parecen recibir una protección institucional mucho mayor.
Desde esta perspectiva, también surgen críticas hacia determinados sectores de la izquierda progresista, a los que algunos acusan de mantener una actitud excesivamente complaciente con el islam político en nombre del multiculturalismo. Quienes sostienen esta posición consideran que esa estrategia supone un riesgo para valores como la igualdad, la libertad de conciencia o la libertad de expresión. Es una valoración política discutida, sin duda, pero que forma parte del debate público contemporáneo y que no puede despacharse simplemente descalificando a quienes la expresan.
Quizá el mayor símbolo de ese descontento sea la juventud.
Durante décadas se prometió a los jóvenes que vivirían mejor que sus padres. Hoy muchos contemplan un panorama marcado por la precariedad, la dificultad para acceder a una vivienda, la incertidumbre laboral y una creciente sensación de que las decisiones importantes se toman lejos de ellos y sin contar con ellos.
Por eso el lema Make Spain Great Again trasciende cualquier referencia a Donald Trump. En España ha adquirido un significado propio para quienes lo utilizan: la aspiración a recuperar un país que perciben más seguro, más libre, más orgulloso de su historia, con instituciones más fuertes y con dirigentes más conectados con los problemas cotidianos de los ciudadanos.
También hay quienes sitúan el origen de muchos de estos problemas en el funcionamiento del sistema político nacido de la Constitución de 1978. Consideran que la evolución del modelo ha desembocado en una partitocracia donde las estructuras de los grandes partidos concentran un enorme poder y reducen la capacidad de influencia real de los ciudadanos. Otros discrepan profundamente de ese diagnóstico y defienden que el problema reside en quienes gobiernan y no en el sistema constitucional. Precisamente ese desacuerdo demuestra que el debate sigue abierto.
Lo verdaderamente significativo es que un eslogan haya conseguido convertirse en el reflejo de un estado de ánimo.
La gorra no explica el fenómeno. Lo revela.
Porque las naciones no empiezan a desaparecer cuando pierden territorio. Empiezan a desaparecer cuando sus propios ciudadanos dejan de reconocer el país en el que viven.
Y quizá por eso cuatro palabras escritas en una gorra han provocado tanto nerviosismo. No porque hablen de Donald Trump, sino porque expresan una pregunta que cada vez se hacen más españoles:
¿En qué momento dejamos de aspirar a que España volviera a ser un país del que sentirse orgulloso?





