Norberto Ruiz Lima: «La segunda parte del Quijote es la novela total»

Norberto Ruiz Lima
Norberto Ruiz Lima

Norberto Ruiz Lima, autor de «Escritores en la Batalla», recorre junto a la iglesia de San Ginés la vida de Cervantes, de las tres heridas de Lepanto a la cárcel de Sevilla, y la de Alonso de Contreras, el soldado que dejaba pequeño a Alatriste

Pocas esquinas de Madrid reúnen tanta literatura como la iglesia de San Ginés, en la calle del Arenal. Allí se casó Lope de Vega, allí fue bautizado Francisco de Quevedo y allí, recuerda Norberto Ruiz Lima, recibió la confirmación Calderón de la Barca. A su espalda, donde hoy se despachan chocolate y churros, fue detenido Alonso de Contreras, y por estas mismas calles anduvo Miguel de Cervantes con el Quijote ya en la cabeza.

Es el escenario elegido para conversar con Ruiz Lima (Sanlúcar de Barrameda, 1964), filólogo y teniente coronel en la reserva del Ejército de Tierra tras cuarenta años de servicio, con destinos en Bosnia, Kosovo, Líbano o Mali. En «Escritores en la Batalla» (Dragón Colección, 2025) recorre las vidas de Garcilaso, Cervantes, Francisco de Aldana, Alonso de Contreras, Quevedo, Lope de Vega, Catalina de Erauso y Calderón, hombres y mujeres de un siglo en el que la pluma y la espada no se separaban.

En su libro titula el capítulo de Cervantes «El más humano de los hombres». ¿Por qué no «el más genial»?

Por supuesto que era un genio, pero creo que es más importante el humanismo que inspira cuanto escribe y el que inspira su vida. Lo que hace Cervantes no lo hace ningún escritor de Europa ni de América: crea un humanismo cristiano, muy imbuido, es verdad, de Dios y del imperio. Siente el dolor de los hombres, aunque sean malvados; siente la justicia y siente el perdón. Esa justicia, ese perdón y ese dolor son los que hacen que su obra traspase los tiempos.

Estamos justo donde detuvieron a Alonso de Contreras. ¿Quién era ese hombre?

Alguien que no había lío en el que no se metiera. Tiene varias detenciones. Mata a su mujer y al amante de su mujer; los lances de honor por ese motivo no digo que fueran comunes en el siglo XVII, pero se dieron muchos casos. Tiene muchísimos duelos. Intenta incluso perderse de la civilización y se hace ermitaño en el Moncayo, y aun así lo persiguen porque lo acusan de estar metido en una rebelión morisca, que la verdad es que se estaba gestando. Vivió en la casa de Lope de Vega, y aquí cerca lo detuvieron y se lo llevaron preso. Lo volvían a sacar porque ese tipo de gente hacía mucha falta: dicen que degolló a cientos de enemigos en sus campañas contra el turco. Es posible, porque esta gente no se andaba con chiquitas. Luego rezaban; todos rezaban. Pérez-Reverte lo tomó como modelo del capitán Alatriste, pero Alonso de Contreras estaba muy por encima.

Contreras y Quevedo, frente a frente con la espada. ¿Quién habría ganado?

Los dos eran grandes espadachines; era la época en la que vivían. Quevedo se enfrentó con Luis Pacheco de Narváez, que estudió el arte de la esgrima con mucha más profundidad que él, aunque Quevedo utilizaba más las malas artes. Se cuenta que tuvo un duelo con Pacheco, que era el mejor espadachín de la época, y que le ganó. Yo no lo he recogido y dudo que ocurriera, no por nada, sino porque Quevedo lo habría aprovechado. En un combate entre los dos, posiblemente Contreras se habría llevado por delante a Quevedo, aunque no lo sabemos. Me quedo con Quevedo para la literatura y con Alonso de Contreras para el combate.

Casi todos ellos acaban vinculados a la Iglesia.

Lope de Vega y Calderón se ordenan sacerdotes, Contreras firma como frey Alonso de Contreras, caballero de San Juan, y Quevedo va a morir a un convento de Villanueva de los Infantes. No solo era la seguridad social de la época: también te daba cierta estabilidad cuando los músculos ya no te hacían tanto caso como a los treinta años.

Tres heridas en la galera Marquesa

Cervantes nace con Carlos I, vive su gran aventura con Felipe II y escribe con Felipe III. Hablemos de Lepanto.

Tuvo una vida larguísima para la época: murió con 68 años. Con Felipe II combate y es herido en la que él llamó «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». Nunca más se ha dado un combate naval como ese, ni lo han tenido los ingleses ni los americanos, por mucho Guadalcanal o Midway que tengamos. Se enfrentan las dos máquinas de guerra más grandes del momento, España y el Imperio otomano, con cerca de quinientas naves y decenas de miles de muertos y heridos, y las fuerzas de don Juan de Austria liberan a más de 12.000 galeotes cristianos.

¿Dónde estaba exactamente Cervantes?

En la galera Marquesa, en la compañía de Diego de Urbina, del tercio de Miguel de Moncada, y en la zona más peligrosa, la más pegada a la costa del golfo de Patras. Enfrente está la flota de Alí Bajá, que es un hombre valiente y no rehúye el combate. La Marquesa sufre muchísimas bajas, entre ellas la del propio Cervantes, que recibe tres heridas: dos en el pecho y una en la mano, que se le queda en forma de garra. Lo pasan francamente mal. En ese costado combatían muchas galeras venecianas, y Juan de Austria no se fiaba de ellas, con razón: eran buenos marinos, pero malos soldados, así que les metió veteranos de los tercios. Hubo momentos en que el centro otomano casi rompe hasta la Real de don Juan, y ahí aparece un marino de categoría que mandaba las reservas, don Álvaro de Bazán, que tiene que acudir al rescate de don Juan y de Marco Antonio Colonna, que en algunos momentos duda.

Se ha escrito mucho sobre el Cervantes veterano que mandaba el esquife.

Tengo que decirlo, porque se ha creado mucha mitología al respecto: Cervantes no era veterano, ni sargento, ni mandaba a los diez o doce hombres del esquife. No podía serlo, porque no llevaba ni un año en el ejército, y para estar en el esquife había que ser un gran arcabucero y manejar la pica, el hacha, el aceite hirviendo y la cal viva. Eran doce hombres, como yo digo, sin piedad. ¿Que pudo estar en el esquife en algún momento del combate? Seguro, porque cuando los otomanos rompen por el cuarto banco e intentan asaltarlo, allí combaten todos. De Juan de Austria se dice que peleaba con un hacha en una mano y la espada en la otra. Eran nobles con otra manera de ver la vida.

Y después de Lepanto no se retira.

Pasa unos siete meses recuperándose en el hospital de Mesina, que no era lo que es un hospital hoy: podredumbre, gente muriendo, brazos que se cortaban sin anestesia. Y luego sigue. Va a Navarino, y dejó escrito en verso que todavía le sangraban las heridas del pecho; combate también en Túnez. Cuando lo apresan en 1575, en la galera Sol, de vuelta de Nápoles a España, ya lleva cuatro o cinco años combatiendo, y en misiones de verdad, donde uno sabe que se juega la vida. Siempre combate embarcado, y él mismo lo cuenta en la historia del cautivo: se tendían tablas entre las galeras y el primero que pasaba tenía la muerte casi segura. Eran hombres capaces de escribir el Quijote, el Persiles o La Galatea como nadie, y a la vez de un valor desmedido. Vivían el dolor de otra manera; hoy, sin paracetamol y una buena anestesia, somos incapaces de sacarnos una muela.

La fortuna de que no le dieran nada

Cervantes pidió varios destinos en América y no obtuvo ninguno. ¿Fue España injusta con él?

Pidió, por ejemplo, ser contador de las galeras de Cartagena de Indias o corregidor de La Paz, en el Perú. No se lo dieron, como tampoco volver al tercio de Lope de Figueroa. Es cierto que tiraba excesivamente alto: no eran puestos sencillos ni puestos donde no se ganara dinero, y no procedía de una familia como para alcanzar ese nivel. Pero nuestra fortuna es que no le dieran nada, porque casi con toda seguridad no habría escrito el Quijote.

Lo que consigue es un empleo de recaudador que lo lleva a la cárcel.

Primero es comisario de abastos para la Felicísima Armada que iba a ir contra Inglaterra, y ahí tiene un follón con la Iglesia por requisarle trigo: lo excomulgan y acaba preso en Castro del Río. Después recauda impuestos atrasados en el reino de Granada y, como andar por los caminos con ese dinero no debía de ser muy seguro, bastante menos que ahora, lo deposita en un banco de Sevilla. El banco quiebra, pierde el dinero y termina en la cárcel. Entonces bastaba un indicio, aunque fueras inocente; luego tenías que probarlo tú. Yo no creo que escribiera una línea del Quijote en una cárcel, como él dice. Eso es muy literario.

¿Es entonces el Quijote una venganza contra una nobleza que lo ignoró?

Puede entenderse como una crítica a una nobleza que vive en el pasado: un hidalgo del Barroco que se pone la armadura medieval, con su adarga antigua, y unos ideales casi medievales, medio loco de leer novelas de caballerías. Los ingleses lo traducen enseguida, y conociendo cómo funciona su mentalidad, no creo que lo tomaran solo como una novela de humor, sino también como esa crítica a la vieja caballería española. Pero dudo que el corazón de Cervantes fuera vengativo. Estaba dolido, sí, pero con un humanismo que no tiene ningún escritor de su siglo. Irónico, eso sí: la ironía la llevaba en la sangre.

Volvamos a Felipe III, cuya estatua tenemos a dos pasos. Es el reinado del Quijote.

Es su momento de esplendor literario y de madurez, cuando tiene más tranquilidad: la primera parte en 1605, la segunda en 1615, y el Persiles. Para mí la segunda parte es la novela total, muy por encima literariamente de la primera, y supongo que coincide mucha gente que ha leído las dos en profundidad. Lo inventa todo: un personaje que sabe que existe un libro que habla de él, un Sancho que ya no es el de la primera parte y que resulta ser el mejor gobernador de la ínsula Barataria, mientras los nobles que se ríen de él están bastante peor preparados para gobernar, aunque Sancho no supiera leer. Esa es la lección que nos da Cervantes. Felipe III representa otra manera de ver la monarquía española: ya no es emperador, la corona imperial había quedado en la rama de Fernando, el hermano de Carlos I, pero es una época en la que España hace todavía mucho por Europa y por la cristiandad.

¿Qué tenían en la cabeza aquellos escritores soldados?

A Cervantes no le faltó el valor, pero a ninguno de ellos: ni a Aldana, ni a Calderón, ni a Quevedo, ni a Lope. Lo tenían en la cabeza: hombres de honor, poder, valor, y al cielo por Dios y por el imperio. Por eso se moría. Hoy también morimos, pero por otros conceptos, a lo mejor por una ideología. Ellos no concebían el imperio sin la guerra.

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